lunes, 9 de julio de 2007

Olores


Los olores me permiten recordar mejor las cosas. Un olor, un aroma, me trae recuerdos de una manera mucho más intensa que una imagen o una canción. Tengo una fotografía sobre uno de los muebles de mi estudio en la que aparezco remando de pie en la Ensenada de Utría, en el Chocó. Pero lo que realmente me transporta de nuevo allí es el olor a gasolina. La misma que usaban los motores de las barcazas de madera que empleábamos para desplazarnos de un sitio a otro.

El intenso olor a combustible lo tengo ligado al día en que Emiro y Tulungo pararon el motor del viejo bote en mitad del Pacífico esperando a que un ballenato emergiera para expulsar un chorro de agua. Y yo, que quieren que les diga, me sentí Ismael por un segundo.

En unas semanas vuelvo a Colombia. Y quiero volver a oler el aceite recalentado de las empanadas de la 10 de Medallo, el humo de los carros en los aledaños de El Hueco, la gasolina en la costa de La Guajira y, por supuesto, también el olor del que te impregna el Antioqueño y el de los cigarrillos de marihuana de Barrrio Antioquia. Además de sentir el aroma de la brisa del mar Caribe, cuando estemos sentados sobre la muralla de la ciudad vieja de Cartagena de Indias descorchando una botella de vino tinto. Esta vez, español.

jueves, 5 de julio de 2007

Bienvenidos a Yemen

"Pensé que secuestraban, no que mataban", decía hace poco una de las turistas que ha salido casi ilesa del reciente atentado en Yemen. "Si nos hubiesen dicho que era tan peligroso, no hubiéramos ido", añadía.

Querida, me parece usted una imbécil soberana. Imbécil por varias razones. La primera, por no informarse antes sobre el destino al que viajó. De entrada, Exteriores desaconseja pasar las vacaciones en ese país. A poco que hubiera investigado, se habría percatado de que, tal y como está el panorama político internacional, no es un buen lugar para irse a descansar. Allí, Al Qaeda también tiene células activas. Además, habitan numerosas tribus y clanes que suelen secuestrar a turistas occidentales para conseguir un trato de favor del Gobierno yemení. Si con todo eso sigue pensando que secuestran; pero no matan, es que es usted más imbécil de lo que me parecía.

La segunda. Tal vez usted sí se informó y, aún así, optó por viajar. ¿Por qué se lamenta ahora? Asuma y sea consecuente. Yemen es un país hermoso; pero tiene sus riesgos. Como muchos otros. Cuando se opta -y allá cada cual con sus razones- por pasar un mes en Colombia, una semana en Israel o largarse a Kenia de luna de miel a sabiendas de los riesgos que conllevan esos viajes, es absurdo (o, al menos, así me lo parece a mí) lamentar hasta la indignación que te secuestre una guerrilla y te meta un bala en la nuca después de cobrar tres o cuatro veces tu rescate, un suicida vuele el garito de la calle Jaffa de Jerusalén cuando estás tomando una copa dentro o el motor de la avioneta en la que viajas se quede parado a medio vuelo.

Por eso, le digo que deje de una vez de lloriquear y asuma la maldita realidad, querida.

miércoles, 27 de junio de 2007

Kosovo

No soy experto en conflictos internacionales. Estudié periodismo en este país, con lo cual, mi grado de analfabetismo es considerable. No soy, les repito, experto en política internacional y tampoco participaré jamás, creo, en tertulias radiofónicas donde todos saben de todo. A pesar de ello, procuro que no me tomen el pelo.

Hace unos días le dieron matarile a seis miembros del ejército español. Qué quieren, ser soldado tiene sus riesgos. Claro que podrían ser menos si el Ministerio de Defensa equipara como es debido a los militares. Ya saben, inhibidores de frecuencia en los vehículos, armamento moderno y chalecos antibalas para que los batallones en Kabul no se los tengan que rifar cada vez que salen a patrullar.

El caso es que episodios tan funestos como este son aprovechados por unos y por otros para seguir lanzándose afilados dardos. "Vaya, ustedes, los del no a la guerra de Irak, siguen en Afganistán y en Libano", dicen unos. "Pero es que estas misiones de paz (¿alguien se sigue creyendo este estúpido eufemismo?) están bajo el amparo de la ONU", responden los otros. Pero la derecha vuelve al ataque y espeta: "sí, estas sí; pero la de Kosovo no".

Eso hace que me revuelva incómodo en el asiento. En efecto, no tenía el amparo de la ONU; pero sí tenía el respaldo de la OTAN, que, seamos serios, es una entidad con algo más de peso que el Trío de las Azores, en el que uno de los vértices era el presidente de España, país a la cola de Europa y con nulo peso internacional.

No comparen Kosovo con Irak. El país árabe se invadió bajo el pretexto de la existencia de armas de destrución masiva. Armas que, con Hussein ya colgado, todavía no se han hallado, seguramente porque no han existido nunca. Hasta el mismo Bush ha reconocido la falsedad de los informes que le llevaron a dicha premisa.

La guerra contra las fuerzas serbias que estaban invadiendo Kosovo se decidió después de ver como Milosevic se sentaba una y otra vez en la mesa de negociaciones en París, creo recordar, mientras su ejército seguía degollando a albanokosovares y violando a sus mujeres delante de sus hijos. No me jodan, no es lo mismo.

La OTAN cometió errores imperdonables. Murieron muchos civiles que fueron confundidos con objetivos militares: filas de refugiados o la embajada china, por ejemplo. Imperdonable. Pero mientras hoy Kosovo busca su independencia, aunque quede en autonomía, de Serbia en las urnas, Irak sigue sumido en una guerra a tres bandas: marines, militares y policía iraquí e insurgencia. Y es que a estas alturas la población ha reconocido que a pesar de todo, con Hussein vivían mejor que tras la guerra de liberación del maldito Tío Sam.

lunes, 25 de junio de 2007

Dos décadas de replicantes

He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

domingo, 24 de junio de 2007

Los restos del naufragio


Barceloneta, mañana de San Juan. Latas vacías. Magreos rebozados en arena. Ojeras. Mandíbulas desencajadas. El abrazo de Caty y el despecho del gordo Adrián. Pitillo arrugado. Cerveza fresquita de un "paki" amable. Risas y de fondo Led Zeppelin, ya en casa. Al despertar, los restos del naufragio: una botella vacía de Jack Daniels tirada en el suelo, discos compactos repartidos por la mesa, olor a tabaco y el feliz hallazgo de una bolsa plástica casi llena de marihuana.

miércoles, 20 de junio de 2007

Somos de barrio


... y eso nos gusta, ¡qué coño!

El primo Mercé


Anoche fui a ver a Mercé, José. Cantaor. No tengo ni idea de flamenco; pero fui a su concierto en el Palau de la Música Catalana. Esa joya de la que nos jactamos y de la que presumimos hasta la insolencia los barceloneses. Al menos, yo lo hago (prefiero presumir de eso que del Sónar o de que somos la capital del diseño... disculpen, que me da la risa).

Como les digo, nada sé de flamenco. Soy incapaz de distinguir entre unas seguidillas y unas alegrías, desconozco la urdimbre de un fandango o cómo se acompaña con las palmas unas bulerías. No obstante, fue un placer verlo cantar, palmear y hasta arrancarse en un zapateao.
No entiendo; pero me gusta esa voz de aguardentero que posee. No entiendo; pero le seguía, de vez en cuando, con los pies, el ritmo al cajón o me erguía en mi asiento con la guitarra. En tramos del concierto me venía a la cabeza, no sé por qué -o sí-, el Albaicín de Granada o las casetas gitanas de las ferias que tan bien he conocido en Extremadura. No entiendo; pero hubo temas que me recordaron, en parte, de donde viene mi familia y en el último -Al alba-, se me erizó inevitablemente la piel. Pero, a lo mejor, entender el flamenco también se trata de eso.

Siempre es un gusto ver actuar a tipos como Mercé en esa sala. Un palmeo canalla en la solemnidad del Palau no tiene precio. Luego está el público, mucho tatuaje y cordones de oro. Mercé, sofocado por los cañones de luz, se da aire en la silla con las solapas de la chaqueta negra. Las coloca de nuevo sobre su pecho y, con el dorso de sus manos, libera su cabellera cana del cuello de la prenda mientras echa para atrás su cabeza y resopla. Entonces, con el Palau en silencio y a la espera de un fandango, se oye una voz de carraca vieja que dice: Jozé, ni en Chipiona ha tenío tú tanta caló. Que digo yo, que olé.

martes, 12 de junio de 2007

La primera y última misión de Elsa Serfass

Elsa Serfass tenía 27 años y toda ilusión del mundo puesta en su trabajo el día en que la mataron. Cumplía su primera misión como logista para Médicos Sin Fronteras (MSF) en Paoua, noroeste de la República Centroafricana (RCA), cuando recibió un balazo.

Paoua se encuentra inmersa en un conflicto entre guerrillas rebeldes y las Fuerzas Armadas del país. Además, los actos de bandidaje y pillaje son frecuentes debido a la inestabilidad del lugar. MSF había tenido noticias de la deplorable situación sanitaria de la zona y había decidido enviar un convoy para evaluar el área. Durante el reconocimiento, el vehículo de la organización recibió una serie de disparos de los que Serfass resultó mortalmente herida.

No soy de los que encumbra, martiriza e idolatra a humanitarios, reporteros de guerra o misioneros que mueren mientras realizan su trabajo. Conocen cuál es su profesión y qué riesgos comporta. Los asumen y saben que algún día pueden caer en acto de servicio. Hacen su trabajo a sabiendas de que no cambiarán las cosas, que la objetividad es un camelo o que dios, a lo mejor -después de ver tanta mierda- , es un maldito cuento chino. Realizan su labor en las zonas más cruentas del globo porque saben que el civil es siempre el más perjudicado, porque quieren estar en primera línea de las páginas de internacional que marcarán la historia o porque les satisface sobremanera ayudar al prójimo. Y les importa un carajo que se les recuerde o no cuando palmen.

No obstante, cuando los ataques a humanitarios, en concreto, y a ONG, en general, vienen generados por la injerencia en su labor de los ejércitos de países supuestamente democráticos y que interpretan el papel del "séptimo de caballería" en un conflicto determinado, la cosa cambia. Los ejércitos, y, en eso, el de nuestro país -qué quieren que les diga- se lleva la palma, están enarbolando, ahora mas que nunca, la bandera del humanitarismo para ocupar el territorio que las ONG han ido ganando.

Ejércitos de Estados Unidos, España, Inglaterra o Australia califican de misiones humanitarias lo que en realidad son incursiones en territorio hostil. "Es mucho más fácil asentarse en una zona controlada por milicias rebeldes entrando repartiendo mantas, que dando tiros", me decía hace un par de días una compañera de Serfass. Lo peor es que, al cabo del tiempo, las mantas dejan de repartirse para repartir metralla a diestro y siniestro.

"Sucede que en los países en conflicto, a menudo en Oriente, nos engloban a todos los occidentales en el mismo saco, y llegas en el convoy humanitario y te reciben a balazos", corrobora la presidenta de MSF, Paula Farias. En este sentido, el director de la misma organización, Aitor Zabalgogeazkoa, explicaba como los habitantes de un pequeño poblado al norte de Afganistán huyeron despavoridos cuando entró en el pueblo la caravana de MSF. "Es que vuestros coches son iguales que los de las UN (los inconfundibles 4X4 que emplean los Cascos Azules de las Naciones Unidas)", dijeron los moradores del lugar una vez aclarada la confusión.

Así, no es extraño que los ataques a las organizaciones humanitarias aumenten cada vez más y muchas de ellas dejen de actuar en las zonas que más se necesita porque no hay manera de garantizar mínimamente la vida de los trabajadores. "Nos fuimos de Irak, en parte, porque el ejército de Estados Unidos no nos dejaba trabajar como se debe", dice la directora general de Intermon Oxfam, Ariane Arpa. Pero eso, me temo, merece un texto a parte.

lunes, 11 de junio de 2007

Las muertes de Tirofijo




leído en www.farcep.org


Su muerte según las noticias que circulan en los medios de comunicación, en los cuarteles y en las altas esferas del gobierno, pudo ocurrir en uno de los días finales de octubre o en los primeros días de noviembre de 1965, en las horas de la mañana, en las horas de la tarde.


Según versión del corresponsal de El Tiempo en Neiva, Tirofijo fue herido desde un avión. El brazo le quedó inútil por la rotura de las articulaciones y el destrozo de los músculos. Tirofijo continuó entre el monte, y en contacto de fuego con tropas de tierra y fue alcanzado en una pierna por una ráfaga de fusil ametralladora. El encuentro ocurrió posiblemente en la zona de La Estrella, municipio de Ataco, Tolima. Sin drogas, ni elementos de curación, la pierna se gangrenó y la cuadrilla de antisociales después de errar por la serranía, resolvió buscar las cabeceras del río Atá, llevando en parihuela a Tirofijo.



Al occidente de la hacienda La Trigueña, la cuadrilla hizo un alto en su largo viaje y reposó en un rancho abandonado. Allí Tirofijo ordenó a sus hombres internarlo en un monte más espeso y abandonarlo, diciendo que su muerte era inminente y no debía él ser un estorbo para sus hombres. La cuadrilla no obedeció y continuó la marcha con lentitud.


"… la cuadrilla estaba integrada por 20 hombres heridos en su mayor parte, esqueléticos, hambreados, descalzos, con ropas convertidas en andrajos, en tal forma que con bejucos habían anudado los pedazos de tela de lo que fuera camisa y pantalones".
"Hay en este relato campesino un nombre geográfico, ambiguo e impreciso. La cuadrilla, dice la narración, hablaba de las cabeceras de 'Chiquilla' o 'Siquilá'. Pero se ignora si es un lugar de refugio o es un nombre simbólico dentro del argot bandolero".
"¿Con quién dialogó Tirofijo allí, ya moribundo y seguro de su muerte inmediata? ¿Cómo pudo la versión de este episodio salir del monte y llegar a la ciudad? ¿Por qué Tirofijo narró, allí en el rancho, cómo y cuándo había sido herido en el brazo y en la pierna y en medio de los agudos dolores solicitaba a sus hombres que lo tiraran al monte y se salvaran ellos?".

"Varios informadores -afirmó el coronel Currea Cubides- me han dicho que pueden localizar el sitio donde está enterrado Tirofijo, y ellos están en camino hacia aquel lugar, aunque la tarea es difícil por la topografía hostil y las dificultades de la marcha…". Insistió el coronel que "la recompensa ofrecida se entregará cuando se identifique el cadáver".


Los buscadores del cadáver de Marulanda salieron de madrugada para no perder tiempo. En la mirada portaban como señal, la imagen de un árbol conocido como la Ceiba Madre, que según los rumores que salieron de la montaña, había servido para que Marulanda descansara la dolorosa agonía, que había durado los últimos días de octubre y alcanzado algunos días del mes de noviembre. Ninguno de los hombres conocía el sitio preciso en que habitaba la Ceiba Madre.



Conocían de la Ceiba Madre algunas referencias: Ceiba de enorme sombra por su frondosa hojarasca y de tronco hueco que servía como refugio, hueco en el cual tres hombres juntos podían dormir en la noche; Ceiba anhelada por los hombres perdidos en la montaña, pues se conocía que en sus adentros no sólo encontrarían refugio, sino también leña seca para prender candela. Una Ceiba de tal naturaleza no era tan fácil localizar, más cuando en sus entrañas se ocultaba el cadáver del hombre que ansiosamente buscaban. Para ellos, no era simple cuestión de avaricia por el dinero de la recompensa, fe tesonera que moviliza los pensamientos de los hombres. Ellos, los buscadores del cadáver perdido, también vivían el deseo iluso de volverse hombres importantes ante la opinión pública por tan extraordinario hallazgo, en caso de lograrlo.
La duda era si aún se encontraba como un cuerpo insepulto, lo que podía ser posible por el frío húmedo de la montaña, que conservaba incluso, cuerpos intactos de animales muertos dos o tres años atrás. Unos opinaban que finalmente, encontrarían un esqueleto crecido en maleza, florecido en musgos, camino de hormigas arrieras, difícil de reconocerlo. Pero el más experimentado buscador de cadáveres, dijo que no era necesario preocuparse por cuestión tan baladí, pues él había conocido a Marulanda en vida y podía identificarlo por sus ropas, y quizás por algún rasgo físico que se conservara en sus huesos, y sobre todo, por sus dedos disparadores.
De camino los confundió la niebla espesa, al ocultar a mitad del día el rostro del sol. Dieron vueltas hasta que les llegó la noche como pesado fardo sobre los hombros. Acosados por la prisa madrugaron tras el trillo grande, que parecía una trocha abierta por un grupo de hombres en trashumancia. Al perder el trillo, caminaron bajo la lluvia intensa que cubrió de frío sus ánimos y sus cuerpos de pies a cabeza. En la tarde encontraron un árbol que imaginaron era la Madre Ceiba, por el abrazo supremo de los ramajes, por la corpulencia del tronco, por la quietud avasallante de su presencia. Pero en el tronco no encontraron hueco, tampoco encontraron el cadáver. Desconsolados pensaron que había sido un viejo ardid de un hombre astuto como Marulanda, que en las fiebres de su agonía, había previsto que después de muerto, algunos hombres intentarían buscar su cadáver. Entonces precavido, había ordenado a los suyos que cuidadosamente cubrieran el hueco de la Ceiba con la corteza desprendida de otros árboles, para evitar la profanación de su tumba. Los hombres observaron el tronco, pero no encontraron cicatrices de grietas de su profundo hueco. Con piedras golpearon la corteza para escuchar el sonido hueco que pudiera orientarlos y sólo vieron señales de cansancio en sus rostros.



Uno de los hombres gritó que había encontrado otra Ceiba igual. Un segundo gritó que había encontrado otra similar. Pero ninguna con la señal de hondura profunda en el tronco. Y no fue una alucinación, menos un espejismo lo que vieron en la languidez de sus miradas: los árboles con el avance y cubrimiento de la niebla, enflaquecieron en los troncos hasta convertirse en un nudo de enredaderas, infranqueable, que finalmente les impedía seguir el camino. El hombre más decidido en la búsqueda de cadáveres, ordenó silencio: dijo que le parecía haber escuchado el ruido de un hombre macheteando, monte adentro. Siguieron el ruido del macheteo, pero nunca pudieron alcanzar al dueño del ruido. El cadáver de Marulanda continuaba huyendo. Sus buscadores ya cansados por el trajinar del día, se dieron un abrazo de tristeza).


En El Espacio, periódico capitalino, durante tres días en el mes de noviembre de 1970, se insistió en la publicación de diversas crónicas sobre el rumor de la muerte de Manuel Marulanda Vélez, en un enfrentamiento con tropas regulares. La noticia daba detalles fidedignos de cómo habían ocurrido los hechos: en el combate murieron cinco de sus hombres y Marulanda había logrado escapar solitario, mortalmente herido en el pecho y en la pierna derecha. Tropas especializadas del ejército estaban detrás de las huellas de su sangre y pronto encontrarían el cuerpo desangrándose. Por la continuidad de las noticias, el rumor creció y terminó por configurar en la opinión pública, su total veracidad.


Uno de los hombres se agachó y observó detenidamente una mancha negruzca en la tierra, recogió un terrón y lo frotó en las manos como dándose calor, luego escupió dos o tres veces sobre el terrón, se mordió los labios y cuando terminó de frotarlo, dijo, pleno de seguridad en la mirada: es la sangre de Tirofijo. Yo conozco su sangre... No debe andar muy lejos. En marcha...


El Manuel Marulanda que ha estado firmando comunicados en nombre de las FARC no es el auténtico Tirofijo, sostiene Víctor Mosquera Cháux en el periódico El Siglo del 13 de junio de 1983. El expresidente de la República, dijo al periodista "que él conoció muy bien a Tirofijo cuando era gobernador del Cauca, época en que también se adelantaban gestiones de paz… "El hombre que han presentado en las fotos como Manuel Marulanda no es Tirofijo, dijo el legislador caucano, quien hizo esa manifestación con completos ademanes de seguridad …".
Ante las afirmaciones de Mosquera Cháux, el presidente encargado de la Comisión de Paz, John Agudelo Ríos, expidió la siguiente declaración: "Para los miembros de la Comisión de Paz no cabe duda de que Manuel Marulanda Vélez vive y que con él sostuvieron, en enero de este año, las conversaciones de paz que el país conoce".


Y la otra vez lo mataron las congas, gigantes hormigas de color negro y aguijón de veneno. Como no lo pudieron matar los operativos, ni los bombardeos de la aviación, ni el fuego mortal de los cercos militares, imaginaron su muerte en un ataque sorpresivo de congas iracundas en las selvas del Caquetá. Para un conocedor de estas hormigas la versión del diario El Tiempo de Bogotá no podía ser del todo descabellada. Si el aguijonazo de una sola, además del terrible dolor, provoca oleadas de fiebre, parálisis, espasmos y ganas de morir, un ataque en masa, como suele ser el de las congas, sería el suplicio, y también la muerte.


Decía El Tiempo de los Santos, que luego de varios días de deambular en agonía por las selvas inhóspitas del sur, cargado unas veces en camilla y otras en hamaca, Marulanda había expirado bajo el manto verde, alelado en la visión de su entrada triunfal a Bogotá al frente de sus huestes guerrilleras.


Pero esa historia se desvaneció en el fragor de los combates del sur, del oriente y del noroccidente… Todos supieron que seguía vivo cuando reapareció hablando de paz y de canje de prisioneros. La guerrilla tenía en su poder a 500 militares capturados en combate.
La última vez que fue visto Marulanda fue aquella tarde de fuego del Caguán, en las postrimerías de los diálogos de paz, cuando al despedirse de los periodistas que lo cercaban con sus preguntas, micrófonos y cámaras, les dijo con su refinado humor de siempre: "me voy porque está cayendo la noche, y como ustedes saben, por aquí hay mucha guerrilla".

Su muerte más reciente tuvo lugar en una crónica de la periodista Patricia Lara, en la que afirmaba con toda certeza y aguda intuición, que había muerto de cáncer de próstata. Relató los angustiosos e inútiles esfuerzos de sus compañeros de ideas y de armas por embarcarlo en un avión ambulancia que lo llevara hasta Cuba. Murió en el intento, dijo Patricia. Muerto de la risa Manuel Marulanda lo leyó en la montaña.


La próxima vez Manuel vendrá, estamos seguros, trayendo en sus cananas la nueva alborada del triunfo de este pueblo, llamado Colombia por Bolívar.

jueves, 31 de mayo de 2007

Diarios de Filipinas


El Skeleton es uno de los barcos que la US Navy hundió en aguas de la isla de Coron, durante la II Guerra Mundial. Era una pequeña fragata militar japonesa. Los nipones invadieron las Filipinas durante la contienda aprovechando la excesiva confianza del general Douglas MacArthur. "Esos japoneses no se atreverán a invadir el país", dijo. O así. Pero sí, lo invadieron. Y el gobierno gringo obligó a MacArthur a retirarse a Australia.


"I shall return" (volveré), dijo el general ya desde la distancia. Y volvió. En 1945. Y a los marinos nipones les dieron hasta en el cielo de la boca. Sin embargo, resistieron. Una vez se ocultaron selva adentro, los marines no tuvieron nada qué hacer.


Sea como fuere, hasta once buques de la armada japonesa permanecen hundidos en el Mar del Sur de la China, cubiertos de corales y oxidados hasta las entrañas. Esta mañana, nade y buceé sobre el Skeleton. Luego, al rato. Bajé ocho metros a pulmón y toqué parte de su quilla destrozada. Se levantó una nube de arena, algas y óxido y un pez de colores pasó fugaz ante mí. Esta mañana, acaricié, en Filipinas, un pedazo de historia.


Coron Town, Busuanga (Palawan)
25/7/2006, Filipinas

miércoles, 30 de mayo de 2007

De aromas, espumas y texturas

Hace poco visitaron mi ciudad unos viejos y bonísimos amigos míos. Pareja. Universitaria, ella; abogado él. De provincia (un pequeño pueblo de Extremadura). Él tiene un despacho junto a la vivienda de su chica, su medio esposa, en el que despacha pleitos relacionados con tierras, cultivos y ganado. Mucha pasta, se lo aseguro. "Tienes pinta de señorito de cortijo andaluz", le dije en cuanto lo vi, cinco años después de la última vez.

Quedamos para cenar. Opté por uno de esos restaurantes esnob de Barcelona (realmente, a estas alturas, es difícil encontrar uno que no lo sea). A pesar de ello, me lo habían recomendado encarecidamente un par de conocidos y amantes de la buena cocina. Esto último, por un lado, y la opción de cenar en un lugar que resultara distinto a los que ellos frecuentan en su tierra, por otro, hizo que me la jugara llevándolos al restorán recomendado.

Encontré la comida tan exquisita como escasa. Ellos la encontraron tan sólo curiosa en su sabor, también escasa en su cantidad y, además, tremendamente complicada y extraña en su elaboración. "Cuando leímos revuelto de espárragos -dijeron- pensamos en un plato de trigueros, ajos y huevo. Todo junto. No tres espárragos rebozados en una especie de harina con algo de sabor a huevo". En ese momento, supe que había metido la pata.

Me puse en el lugar de mis amigos cuando nos sirvieron los segundos. Un plato con cinco raviolis rellenos de espinacas y gorgonzola, uno más con un solomillo de cinco centímetros por ocho y tres rodajas de patata al horno y , el último, -textura de ventresca, decía la carta- una pequeña tira de siete centímetros de largo por dos de ancho, absolutamente cruda y con la única guarnición de una ramita de romero. Comparé todo eso con las costillas de cabrito, la caldereta o un plato de pata negra, vino y pan, y lo supe de nuevo: Ivancho, la has cagado, colega.

El postre, para ellos, fue, a esas alturas, de risa. Espuma de aire de chocolate, mousse de fresas y frutos rojos y bizcocho de terciopelo (lo juro por mis muertos más frescos). Riquísimos; pero difíciles de compartir. Fueron servidos en tres pequeñas cucharillas de plástico negro. De diseño, eso sí.

"Todo muy rico, sí. Algo extraño, aunque no estaba mal. Gracias por la invitación, amigo; pero ¿siempre sirven tan poca cantidad en los restaurantes de Barcelona?". Sospecho que antes de llegar al hotel asaltaron alguno de los establecimientos de kebabs que había por el camino.

Al día siguiente, los lleve a comer a un pizzería. Y, oigan, quedaron la mar de contentos. Los acompañé a la estación de autobuses, después, y, mientras se despedían por la ventanilla como dos críos pequeños, pensé en cuanta razón tenían la noche anterior. Si es que en esta ciudad, donde todo es sushi y sashimi, ya no hay quien encuentre un bar donde pida un quinto y unas rabas y le entiendan.

martes, 22 de mayo de 2007

La desagradable verborrea del cónsul

Hasta hace unos pocos días, todavía creía (ingenuo de mí) que la mala educación en el funcionariado era endémica y exclusiva de mi país. Lo de endémica lo mantengo, ¡qué diablos! Y no sólo en la administración pública, también en camareros (de diseño o no), cajeras de supermercado y casi cualquiera que se encuentre al otro lado de un mostrador o una barra, con excepción de los libreros.

Les sitúo: lunes por la mañana, en el despacho del cónsul de un país de América del sur. Doy pistas de la nacionalidad del diplomático porque los latinoamericanos que trabajan de cara al público acostumbran a tener un trato y paciencia exquisitos con el que les solicita información o algún producto para su compra. Que quede claro. Más que nada por los cantamañanas de lo políticamente correcto que puedan leer estas líneas.

Consulado, como les digo, de país latino. La visita se debía a un reportaje acerca de cómo ven los inmigrantes (personas migradas, dirían los soplacirios de los que les hablaba anteriormente) mi ciudad: Barcelona. En un inicio, me mosqueó que el fulano no me estrechara la mano antes de que tomara asiento y que ni me mirara a la cara cuando me entregaba una de sus tarjetas de contacto. Lo atribuí rápidamente a un flujo extremo de trabajo, pues luego, al momento, me saludo en tono agradable y conciliador. "Demasiado conciliador", pensé mientras volvía a mosquearme.

El tipo, grandote, tripón y con un soberano Rolex en su muñeca izquierda, enumeraba los puntos positivos de la urbe: arquitectura envidiable, ciudad del diseño, oferta inmejorable en cuanto a museos, etc. Totalmente de acuerdo, aunque no sé hasta que punto es una ventaja la vorágine de diseño en la que nos están metiendo; pero ese es otro tema. El cónsul, que a esas alturas me trataba poco menos que como a un hijo -repitiendo mi nombre dos veces en cada frase, una al inicio y la otra al final, ya saben, como un cuñado pesado y comercial de profesión- me habló también de las cosas menos agradables de Barcelona.

Según el diplomático, nos hemos vendido al turismo barato. El de paella, sangría y sexo en Lloret de Mar. Qué quieren que les diga, lo suscribo. Paseen sino por la calle Ferran: huele a hamburguesa y a fritanga. Añadió que roban muchísimo y que es una ciudad muy sucia, fruto, en parte, -sólo en parte- de ese turismo infame al que estamos expuestos. Iba a pasar a otro tema como perro con el rabo entre las patas, pues, a pesar de todo, quiero mucho a mi ciudad, cuando él tipo me interrumpió.

Se recostó sobre su amplia silla de oficina y, tras aspirar hondamente, me dijo. "Ivan, ¿sabe usted una cosa...? Escuche lo que le digo, querido Ivan". Se incorporó, apoyó sus codos sobre la mesa de madera y miró fugazmente su reloj. "Además, se les está llenando la ciudad de maricones", me espetó sin mirarme. "No es que yo esté en contra, ya sabe. Pero, hombre, no se puede promocionar la ciudad para que se llene de esta gente. ¡Y tengo muchos amigos maricones! Cada cual que haga lo que quiera; pero no en plena calle, que para eso tienen sus bares y sus cosas". Y se quedó allí, recostado de nuevo en su sofá, mirándome con cara de indignación suprema.

Salí de su despacho preguntándome qué era, en ese caso, lo grave: la forma o el contenido. Sin duda, ambos. Pero entendí que esas ideas en un tipo confeso de "derechas y conservador" eran, desgraciadamente, de lo más común. Lo malo es que, ocupando la poltrona de un consulado, haya un fulano capaz de despreciar a los homosexuales llamándolos maricones y a relegarlos a sus casas o a determinados bares y discotecas. Capaz de pensar que debería estar prohibido que dos hombres se besen en la calle o se cojan de la mano al cruzar un semáforo. No obstante, lo más jodido de todo este asunto es que todavía haya presidentes que cuenten con individuos de esta calaña en su cuerpo diplomático. Pero como les decía antes: ingenuo de mi.

martes, 8 de mayo de 2007

La historia de Du'a Khalil Aswad

Uno se cree curado de espanto; pero no. Abre un periódico, enciende el televisor y lee o ve noticias que le repugnan. La ultima, ayer. Apedreada hasta la muerte titulaba El País la terrible historia de una cría de 17 años en el norte de Irak.

Du'a Khalil Aswad se había enamorado. Lo había hecho de otro joven, también menor de edad, un chaval sunní. En medio de esa casa de putas en que los gringos han convertido el país, los chavales se habían enamorado hasta las cachas. El caso es que ella pertenecía a una minoría religiosa, los yazidí o, traducido, los adoradores del Diablo. Según el rotativo, devotos de una creencia que mezcla postulados del cristianismo, del judaísmo y del islam. Qué miedo.

El caso es que la familia andaba algo mosqueada con que la cría andara de carantoñas con un vástago sunní. Deconfiaban y sospechaban hasta tal punto que empezaron a pensar que la joven se había convertido al islam para poder contraer matrimonio con él. Eso no está confirmado, posiblemente nunca lo esté. Pues tras una noche en que ella no apareció por casa -gota que colmó el vaso-, una decena de hombres fueron a su encuentro, entre ellos, varios miembros de su familia y agentes de la ley.

La encontraron de vuelta. Quizás de contar las estrellas mil y una veces antes de caer dormida en el regazo de él en alguna cima del Kurdistán o vayan ustedes a saber. Corrieron hacia ella, la rodearon y la apedrearon. Lapidación por faltar al honor de la familia. Alguno de esos hombres registró las imágenes en un teléfono celular. Imágenes que estuvieron colgadas en youtube.com hasta ayer por la tarde, cuando fueron censuradas.

Son borrosas. Pero no lo suficiente como para no ver un cúmulo de manos arrojando piedras sobre el rostro y la cabeza de la joven. Agazapada en el suelo se tapaba la cara con las manos. En un momento, las retira y su imagen aparece bañada en sangre. Aquellos fulanos continuaban con lo suyo hasta que después de un impacto ella termina por caer desplomada. Muerta, creo.

Las rocas continuaban cayendo y las patadas eran ya continuas. Tras una arremetida, su cuerpo se estremece y pierde la falda. La muchacha queda tendida en el suelo vestida con una camisetilla y unas bragas. En ese momento, uno de los hombres entra en cuadro y cubre su cintura y sus piernas con lo que parece una cazadora. O a lo mejor era la falda extraviada. El resto, una vez tapada, continua apedreándola.

En realidad, fue ese detalle infame lo que hizo que mis tripas se revolvieran del todo.

jueves, 3 de mayo de 2007

Un cuscús frente a la Puerta de Damasco

La conocí hace algunos años en Jerusalén. Entró en la estancia común de la pensión donde me hospedaba -un viejo edificio pegado a las murallas de la ciudad vieja- cargada de mochilas y con una camiseta blanca con las siglas de la organización gubernamental para la que trabajaba entonces impresas en la espalda.
Tú debes ser el periodista que estoy buscando.
Alcé la vista. Era menuda y flaca. Llevaba su cabellera rizada recogida en una coleta, eso hacía resaltar sus ojos vivarachos ya de por sí. Sonrió y me estrechó la mano.

Habíamos hablado antes por teléfono. Proyecto en Oriente Próximo, documentación, conferencias, amigo en común, intercambio de teléfonos, etcétera. Era el contacto ideal en la zona: española, residente desde hacía años en el país y con un alto cargo en una de las ONG más serias del panorama. Así que nos citamos la noche siguiente en un restaurante próximo a la pensión. Una jaima con mesas bajas, cojines y pipas de agua.
Visita los cuatro barrios de la ciudad vieja, me dijo. Empieza habituarte al país... si puedes, bromeó antes de salir a la calle.

Escogió una pequeña mesa con vistas a la Puerta de Damasco. Pedimos dos cervezas (siempre me gustaron las mujeres que beben cerveza), ella optó por un cuscús de pollo y yo la imité. Me habló de la Línea Verde, del Jerusalén Este y del Oeste y de la parte antigua de la ciudad. De como allí, las cosas, mejor o peor, funcionaban a pesar de la mezcla de religiones y razas. Empieza por Belén. Ahora está tranquilo y es poco probable que te encuentres con una escaramuza. Eso sí, respeta el toque de queda. Tienes cara de árabe.

Hablaba gesticulando mucho y enérgicamente. Se indignaba a cada frase cuando me contó las incursiones, unas cuantas cada mes, de los convoyes de su organización en Gaza y Cisjordania. Asomó la rabia a sus ojos cuando me explicó como agarró a un soldado israelí por su chaleco antibalas para que dejara de golpear a una mujer palestina en Hebrón, se mostró impotente al recordar un grupo de críos -no más de once años- esposados por querer saltarse un checkpoint cerrado sólo para ir a la escuela. Y con resignación me contó como a ella y a una compañera, un grupo de chavales con los que Israel nutre su ejército les apuntaron con el laser rojo de su armamento a la cabeza mientras tomaban té en la azotea de una familia palestina, en Nablús.

No creía que las causas perdidas se pudieran recuperar ni quería salvar el mundo. Simplemente, hacía bien su trabajo. Tenía códigos, reglas y vergüenza. Además, era una chica valiente. Ayer, no sé porque razón, me acordé otra vez de ella.

martes, 24 de abril de 2007

A deshora

Llego tarde y a deshora, como casi siempre. No obstante, hoy quisiera enviar un saludo, el día después del Día del Libro.

Un saludo a todos aquellos que embarcaron hace años en La Española en busca del tesoro, mucho antes de enrolarse en el Pequod en busca de la Ballena, con mayúscula. Aquellos que se enamoraron de Lo y enloquecieron, tiempo después, con Amaranta. Y hablando de Lo, también a los pedófilos que murieron en Venecia. Y a "nuestro hombre" en Costaguana. A aquellos a los que exasperó Oliveira y sintieron compasión, una y mil veces, por la denostada Maga. A los que ofrecen instrucciones para subir un escalón y besar.

A los que pelearon por tomar Ilión y a los que resistieron, primero, y murieron, después, en una chabola de Casas Viejas. A Edmundo Dantés. También a los que saben que el comportamiento de un cadáver en el agua es imprevisible y a los que con todo esto encienden la chimenea cada noche al llegar a casa.

lunes, 23 de abril de 2007

Hotel Neri

La plaza de Sant Felip Neri era, hasta hace muy poco, uno de mis lugares favoritos de la ciudad en la que vivo. Ubicada en lo que fue un cementerio medieval era un pequeño y agradable rincón de piedra, antiguo y con mucha historia. Así lo acredita la iglesia del XVIII que se encuentra allí y los huecos de su pared exterior provocados por la metralla de un fatídico bombardeo durante la Guerra Civil Española. Del 36 al 39, para el que no termine de ubicarla. El 30 de enero de 1938, las sirenas sonaron en Barcelona alertando a la población de un bombardeo de las tropas franquistas. De las personas que tomaron la iglesia como refugio murieron 42, 38 fueron niños.

El fin de semana pasado decidí visitarla de nuevo. A pesar de que hacía tiempo que no me acercaba a esa parte de la ciudad, conocía de la construcción, relativamente reciente, de un hotel de lujo. Lo que desconocía era que éste tenía también una terraza que ocupa un cuarto de esa pequeña plaza. Para más escarnio, el sábado se estaba celebrando el aperitivo de una boda (o algo similar) ostentosa y hortera.

Los trajes de colores pastel entallados en enormes caderas de señoronas de alto postín contrastaban con los dos o tres mendigos que frecuentan, cartón de vino barato en mano, los aledaños de la iglesia dedicada al santo italiano. El jolgorio de los invitados había terminado con el silencio que caracterizaba a ese lugar. Miré alrededor y vi colgados varios carteles de pisos en la zona que estaban en venta o en alquiler. Todos, o casi todos, en inglés. Me acerqué a la fuente del centro de la plaza. Estaba seca, sin agua y con dos críos clonados jugando dentro. A juzgar por sus mocasines, también pertenecían al rebaño de invitados al enlace.

Eché luego, antes de dejarlo todo atrás, un vistazo a los precios del hotel. La habitación doble más económica ronda los 225 euros por noche. Ni quiero imaginar lo que debió pagar papá por el picoteo.Ya saben, mucha espuma de sashimi y texturas imposibles. En fin, la Barcelona que estamos construyendo todos. Un burdel apto sólo para enfermos de las últimas tendencias.

jueves, 12 de abril de 2007

Alan Mulally, el hombre que salvo a Bush de una muete ridícula


Según informa la Agencia Efe:


Simplemente quería gastar una broma", lamenta Alan Mulally, consejero delegado de Ford. Este hombre ha tenido que pedir disculpas por "exagerar" la anécdota en la que 'salvó' la vida de Bush, una 'heroica' acción en la que evitó que el presidente conectase un cable al tanque de hidrógeno de un coche.


La historia cuenta que Mulally se saltó el protocolo para evitar esta fatalidad. El consejero delegado desveló la anécdota hace una semana durante el Salón Internacional del Automóvil de Nueva York y poco a poco el asunto ha trascendido hasta el punto que el directivo de Ford ha tenido que emitir un comunicado en el que afirmó que nunca pensó que sería tomada en serio.


"Simplemente pensé, 'Dios mío'. Empecé a caminar más rápido, pero el presidente caminó más rápido y llegó al cordón antes que yo. Violé todos los protocolos. Toqué al presidente. Le agarre por el brazo y lo moví adelante. Quería asegurarme que lo enchufaba a la electricidad, no al hidrógeno", contaba Mulally, según el periódico The Detroit News.


El propio periódico optó por el tono humorístico y encabezó una información el pasado fin de semana diciendo que "Alan Mulally salvó al líder del mundo libre de su sacrificio". Poco después, internet era un hervidero de comentarios sobre la anécdota. Mulally ha reconocido que su comentario humorístico ante la prensa en Nueva York estuvo influido por una parodia en la cadena de televisión ABC que presentaba a Bush conectando un cable eléctrico al tanque de hidrógeno y provocando una explosión.


Ford se ha tenido que disculpar ante la Casa Blanca por el embrollo y aclarar que Mullaly contó la historia como una broma. Según el portavoz de Ford Tom Hoyt, Mullaly "simplemente quería gastar una broma, y exageró la cosa". El presidente "no estuvo en peligro en absoluto", agregó.

A vueltas con la Guerra Fría

El número de guerras en el mundo este año suma lo mismo que el pasado: veintiuna. A pesar de este aparente estancamiento, la tendencia va a la baja, según la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). No obstante, el gasto militar de los países ricos, sobre todo el de Estados Unidos, sube como la espuma de cerveza y se están alcanzando cotas que no se daban desde los años de la Guerra Fría.

¿La causa? Seguro que ya lo habrán adivinado. El terrorismo global, tal y como lo llaman los jefes de Estado implicados. "Esa definición del nuevo terrorismo, esas palabras que acompañan a la de terrorismo: global, internacional, etc. Le confieren un carácter etéreo, invisible. Peligroso, al fin y al cabo. Es la excusa perfecta para que ciertos países se armen sin límite alguno hasta los dientes para combatirlo", me cuenta uno de los profesores de la UAB especializado en conflictos internacionales y procesos de paz.

Otro de los motivos por el que ha aumentado la inversión castrense es la privatización de todo lo militar. Las empresas de logística, por ejemplo. Este factor es más notorio en aquellas situaciones como la de Irak, donde el ejército invasor, a menudo, el ejército del país rico, deja a un lado sus soldados entrenados entre algodones y echa mano de mercenarios surafricanos, israelíes o albanokosovares. Gente curtida en guerras y batallas de verdad, sin GPS y sin el Séptimo de Caballería siempre detrás por si la cosa se pone fea. Y claro, un soldado gringo puede costarte tres mil o cuatro mil dólares al mes; pero el precio de un mercenario ronda los quince mil mensuales. En fin, hasta en la guerra se externalizan funciones.

A todo esto, según Médicos Sin Fronteras, el presupuesto de Naciones Unidas para atender crisis humanitarias como la de Darfur, en Sudán, o la de Somalia, donde la semana pasada murieron más personas que en Irak en todo un mes y la prensa internacional no le concedió ni un maldito titular de página impar, ha bajado vergonzosamente. Ustedes mismos.

martes, 3 de abril de 2007

Viajeros superexperimentados

Hay un par de agencias de viajes a las que soy asiduo, no tanto como yo quisiera (y menos ahora con las compañías de bajo coste floreciendo como setas); pero a las que siempre acudo cuando planeo un viaje a otro continente. El viernes estuve en una de ellas. La que se encuentra ubicada en la Plaza Universidad de mi ciudad. Viatgi, se llama. Muy recomendable. Muy baratos, los billetes.

Allí me encontraba, como les decía. Apoyado en el mostrador a la espera de que el tipo amable y eficiente que me atendió encontrara el precio más bajo a un billete ajustado a las fechas que le señalé. Tardaba. Normal: el maldito mes de agosto. No había mucha gente en la agencia, con lo que fue inevitable escuchar la conversación. "Claro, tía, es como si tú vas a Marruecos y te obligan a despojarte de un crucifijo, ¿sabes?".

Eran dos chicas. Una de ellas estaba de espaldas a mí, la más callada; pero veía como asentía a las frases de la otra, que por el calado de éstas debía ser, nada menos, que doctora en sociología. "Es super injusto, ¡jo!", continuaba. Vestía un pantalón de pana verde y ancho, que resaltaba aún más su extrema delgadez, un suéter de punto multicolor y un pañuelo largo y granate al cuello. Además, portaba una mochila de cuero, unas gafas de metal de lentes pequeñas y redondas y lucía un pelo corto, despeinado y grasiento. Rojizo, de tinte barato. Hablaba con ese aire resabido de los intelectuales bohemios. De esa pandilla de gilipollas que tan bien supo retratar Cortázar a través de Oliveira. En Rayuela, ya saben. O no.

Mi prima continuaba su disertación sobre el diálogo de civilizaciones cuando el chico que les ultimaba sendos billetes la interrumpió. No escuché lo que el discreto joven les requería. Pero contestó, como no, la chica de Rayuela. Me enteré de que viajaban a Quito (Ecuador), que si todo iba como "ella había planeado" se darían un "vueltón" por las Galápagos, que si la situación en la frontera lo permitía, les gustaría cruzar a Colombia y que "no había que preocuparse por las vacunas porque estaba segurísima de que hay una especie de acuerdo con el sistema de salud ecuatoriano". Como sabe todo el mundo.

Guau, me dije. Es una de ellos. Esa bendita estirpe de los viajeros experimentados. Aquellos que se manejan en los aeropuertos como en la salita de estar de su casa. Esos tipos que encajan tanto leyendo a Dante en un café del Trastevere, como remando en los manglares de Utría. Esa clase de individuos que vayan donde vayan saben siempre cuál es el mejor plato del lugar, cómo comerlo y con qué aderezarlo. Y lo hacen con la naturalidad y el savoir faire de quien lo ha hecho toda la vida. Esas personas que no se alteran un ápice cuando los retiene, por cualquier estupidez, un policía mal encarado, porque eso, a ellos, "les ha sucedido cientos de veces, querido". Aquellos que conocen (y comparten) las costumbres de un país al segundo día de haber llegado a él y que a la semana miran a los demás mochileros con la misma cara que nosotros miramos (lo reconozco) a esa pandilla de borregos rojizos que invaden en verano la costa catalana. Riete tú de Leguineche o de De la Quadra Salcedo, me dije. Esta tía sabe bien de lo que habla. Aquí hay nivel, Maribel.

Pagaron el billete y se despidieron. "Que la vuelta al trabajo no les resulte demasiado dura", les dijo el tipo de la agencia en un tono más mecánico que conciliador. "No, no te preocupes (siempre hablan de tú, siempre)", dijo. "Si estamos en paro, por eso nos vamos de vacaciones". Podría seguir dándole a la tecla; pero, ya ven, aún me estoy recuperando del comentario y éste daría para otra columna. O para dos.

domingo, 1 de abril de 2007

Relojes, automóviles y el genio Cortázar

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

El texto es del excelente y breve libro Historias de Cronopios y Famas, de Julio Cortázar. Me apuntan que la voz que recita estas líneas en el anuncio es la del propio excritor.

jueves, 29 de marzo de 2007

La muerte de Kevin Carter



Esta fotografía no tuvo la culpa del suicidio de Carter.
Kevin Carter, fotógrafo surafricano, fue uno de los muchos freelance que cubrieron las batallas campales en las calles de Johannesburgo (Suráfrica), durante el conflicto provocado por el Apartheid desde mediados de los años ochenta hasta los noventa.

Carter, junto a Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y Joao Silva, fue de los mejores fotoperiodistas que trabajaron en la revuelta de las diferentes facciones negras. De hecho, las arriesgadas fotografiías de los cuatro llevaron a la revista local Living a bautizarles como El club bang bang. Tanto es así, que Oosterbroek murió de un disparo mientras trabajaba.

En las postrimetrías del conflicto, Carter decidió realizar otros temas. Viajó junto a Silva a Sudán. Querían retratar el hambre. La fotografía fue tomada en la pequeña aldea de Ayod. Carter vió a una niña que intentaba caminar a gatas hasta el comedor que Naciones Unidas había levantado justo a unos cien metros de donde ella estaba. Le menguaron las fuerzas y se quedó allí, inmóvil, arrodillada y con la frente tocando la arena. Mientras Carter se acercaba a ella, un buitre aterrizó y se quedó inmóvil junto a la cría, mirándola fijamente. Comprobando si vivía aún o no. El fotógrafo disparó una y otra vez. Se acercaba, se separaba. Tomaba la imagen desde un ángulo, desde otro. Al rato se levantó y se fue, dejando allí a la pequeña y al carroñero. Explicó la historia a su compañero y volvieron a lugar de los hechos. El ave había desaparecido y la cría seguía allí. Tampoco esta vez, la acercaron al centro humanitario.

Catorce meses después, en mayo de 1994, Carter recibió el premio Pulitzer. "Es la foto más importante de mi carrera; pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña", dijo al recoger el galardón. Poco más de un mes después, Carter conectó una manguera al tubo de escape de su camioneta y lo llevó a través de una de las ventanillas al interior del vehículo. Una vez dentro, selló el cristal y encendió el motor. Murió el 27 de julio de 1994.

Pero Carter no se suicidó por la fotografía de la niña y el buitre. Si uno lee el libro El club bang bang descubre que la vida de Carter fue lo bastante convulsa como para tener ese desenlace. Se graduó en un férreo internado católico. Incio después la carrera de Farmacia, que abandonó al poco tiempo. Tanto él, como el resto del malogrado club eran asiduos a la cocaína y a toda clases de barbitúricos mezclados con cerveza. Los cambios de humor y animosidad de Carter eran una auténtica montaña rusa. Depresivo, un día engulló un mejunje hecho a base de aspirinas, somníferos y veneno para ratas. No obstante, sobrevivió.

Sus fracasos sentimentales le llevaron a volcarse en su trabajo. En él comprobó que era capaz de ser, si quería, el mejor en el fotoperiodismo de aquel momento; pero también el peor. Fotografías espléndidas se alternaban con descuidos imperdonables hasta en un principiante como extraviar los rollos de las instántaneas del día o quedarse dormido tras una noche de juerga y perderse una entrevista de trabajo.
El premio Pulitzer llegó de la mano de la muerte de Oosterbroek, su mejor amigo. Apenas con unos días de diferencia. Fue sólo la gota que colmó el vaso. Carter no fue un mártir del periodismo. Fue un mediocre y un tarado. Nadie en su sano juicio se toma veinte minutos para realizar una fotografía que no entraña difultad alguna: 35mm, la niña en foco y el buitre no, f11, por la terrible luminosidad de áfrica, 1/125 en el obturador y ciao, muy buenas. Cuestión de diez segundos.
Luego, aunque los periodistas no sean enfermeras, ni cooperantes, se mete uno en cuadro inevitablemente. Porque a veces hay que dejar la cámara o la grabadora a un lado e implicarse. Hay que ser muy hijo de puta o muy inconsciente para pensar que por el sólo hecho de estar por detrás de un objetivo uno se vuelve inmune e insensible -todo un profesional, dice algún imbécil- a toda la porquería infame que nos rodea. Un hijo de la gran puta.

martes, 27 de marzo de 2007

El ganador


Gibrilla Bamba es nadador profesional. Participó, pese a su edad tardía para ello, en el recién culminado mundial de natación de Melbourne (Australia) representando a su país: Sierra Leona.
Bamba cubrió ayer los cincuenta metros braza.

Imaginen la escena. Pabellón hasta la bandera y el sierraleonés, que a duras penas ha podido entrenar en su país por falta de instalaciones, achantado hasta las cachas. Aún así, ajusta su gorro, abrocha su albornoz y camina hacia su carril. Se despoja del batín, coloca sus gafas blancas sobre sus ojos y sube a la plataforma de salida. La da tiempo a levantar la cabeza. Observa las gradas y sonríe nervioso. Luego, el pistoletazo de salida.

El resto lo pueden imaginar sin demasiado esfuerzo. Además, ayuda la instantánea. Las primeras brazadas van bien. Ha salido el último a la superficie y, a la segunda, el resto de competidores le llevan más de un cuerpo de ventaja; pero no se apura. Conoce sus limitaciones y sabe que su objetivo nada tiene que ver con el de esos jóvenes de veintidós o veintitrés años que nadan rápido en los otros carriles. Cuando él tenía esa edad, en su país, la gente moría a machetazos a manos de críos de doce años; pero eso es otra historia.

A mitad de piscina, casi todos los participantes han llegado al fin de la carrera. A Bamba le empieza a faltar el aire y una quemazón se apodera de su pecho. Sus movimientos se vuelven torpes, sus piernas se cruzan involuntariamente y en una de las zambullidas que caracterizan a esa modalidad, sus manos topan sin querer con las gafas que caen hasta la mitad de su rostro. Bamba no se desconcierta. El juez que atestigua la llegada está cada vez más cerca.

Recuerda como ha entrenado en ciénagas y en playas de la costa de su país. Como se ha levantado temprano para correr por caminos de tierra que devenían en lodazales en la estación de lluvia. Cae en la cuenta de que con lo que cuesta su pequeño bañador y sus gafas pueden comer varias semanas, en su tierra, él y su familia. Un atisbo de rabia hace presencia en su cabeza cuando, en una de las inmersiones, se le aparece la cara de incredulidad de muchos de los organizadores y vuelve a escuchar, en el silencio de la piscina, aquella broma solapada que dos nadadores se hicieron antes en los pasillos de los vestuarios. Pero no importa ya. Después de 55,11 segundos ha llegado al otro lado de esa piscina infinita. El primero lo ha hecho más de 25 segundos antes.

Bamba agarra sin fuerzas el borde la piscina. Arranca las gafas de goma, aspira hondo y mira el marcador: 55,11 segundos. Mira las gradas. El público, a esas alturas, sólo está pendiente del ganador. El africano toma impulso para salir del agua. Le fallan las fuerzas y debe ayudarse con las rodillas. Ya en tierra firme, arrodillado y con la cabeza baja vuelve a sonreír. Esta vez es una amplia sonrisa la que se dibuja en su rostro. Afirma con la cabeza y murmura algo. Se incorpora y mientras se vuelve a poner el albornoz se dirige a la zona de vestuarios con la mirada perdida y la sonrisa imborrable. Él, hoy, también ha ganado.

lunes, 26 de marzo de 2007

Walker se ha hecho cristiano

Llegamos a Camboya con la misión de conocer algunas historias de niños víctimas de abusos sexuales, y viajamos también con el propósito de entrevistar a algunos de los pederastas extranjeros que cumplen condena en la cárcel de Phnom Penh. Teníamos 30 días: muchísimo tiempo en términos de la inefable vertiginosidad que mueve al periodismo, poquísimo para llegar apenas a intentar echar un poco de luz a algo tan oscuro y complejo.

Mentiría si dijese que fui distendido, mentiría si dijese que no me sentí asustado. Era un reto hablar con los niños, ¡siempre es un reto hablar con ellos!, era un reto hablar con los pederastas. Recuerdo que en medio del barullo de la capital, todo el tiempo venían a mi cabeza las palabras que Chema Caballero había compartido con nosotros en Sierra Leona: hablar cura, pero no hay nada más difícil que hablar de ese tipo de abusos, que como un zumbido persiguen y marcan toda la vida de una persona, haya nacido en Freetown, en Phnom Penh o en Berlín.

Rorse es un niño que vive en una villa a las afueras de la ciudad, a unos 35 kilómetros, desde que una constructora forzó a su familia y a otras tantas a marcharse de la capital. Viven como pueden en medio de la nada: no hay árboles, no hay agua, no hay animales. Los padres no tienen trabajo y Rorse se gana unos rieles lustrando los zapatos de los turistas en Phnom Penh y vendiendo el fuego que enciende los inciensos de los devotos que llenan los templos budistas durante las fiestas religiosas.

Me cuenta que gran parte del dinero que gana al día (con suerte, unos tres dólares) se lo gasta en transporte, pero no hay alternativa; desde su metro de estatura -puede que tenga once años e incluso menos, es consciente de que si no viaja hasta la ciudad no hay ningún ingreso en la familia y no hay comida. Es muy tímido, sus ojos son enormes y tiene el hablar suave y pausado como la mayoría de los niños que conocimos. Explica que a la escuela va cuando encuentra tiempo y que le encanta jugar a la pelota con los amigos.

Las calles de Phnom Penh están llenas de niños como Rorse, ocupados de su propia supervivencia. El parque de diversiones New Garden, por ejemplo, es un punto clave para sacarse unos rieles, allí a diario acuden un montón de camboyanos y extranjeros a pasar el rato y los niños aprovechan para lustrar zapatos o vende rmangos.

Algún día del año 2005 hasta New Garden llegó el australiano Damien Walker, de 27 años, y convenció a Rorse para llevarlo a su apartamento de la capital. Lo llevó a Rorse y a cinco niños más, de los que abusó sexualmente en reiteradas ocasiones. Por ese delito hoy cumple una condena de diez años en la principal cárcel de Phnom Penh, donde comparte una celda de cuatro por cuatro con 14 personas más.

Se nota que Walker es profesor de inglés. Habla claro. De sus labios secos e hinchados salen palabras tremendamente firmes. Mira directamente a los ojos. Estoy mal, tengo una enfermedad, me dijo. Es muy difícil explicar lo que me ocurre. Recuerdo que el tiempo pasaba, yo crecía y sentía una enorme atracción por los niños. Estaba preocupado pero no me atrevía a hablarlo con nadie. Si hubiese hablado con alguien me hubiera quedado al margen de la sociedad. Australia era la muerte para mí.

Walker se ha hecho cristiano. Eso me está ayudando a vivir mejor. A la pregunta de si siente arrepentimiento de algo de lo ocurrido, responde categórico: sólo me arrepiento de no haber hablado con mi familia a tiempo, porque ahora estoy seguro de que me hubieran ayudado.

Camboya sigue siendo uno de los principales destinos asiáticos para los pederastas. Factores como la corrupción, la ignorancia, la pobreza y la impunidad juegan a su favor. Walker es un caso, pero los hay más organizados, redes poderosísimas cuyos millones de dólares muchas veces compran el silencio de las autoridades y hace que la jueces miren para otro lado.
Rorse ahí sigue en su lucha diaria, lustrando zapatos, sobreviviendo.

Desde Phnom Pehn (Camboya), José Gabriel Díaz

jueves, 22 de marzo de 2007

Gilipollas de remate

El jueves emitieron, en un matinal radiofónico, un reportaje sobre el uso de la lengua. Uno de los responsables de la Fundación Español Urgente afirmaba que para dominar un idioma o, al menos, para defenderse con él cuando uno viaja, si es que viaja, claro, basta conocer y diferenciar sin vacilar un millar de palabras.

A renglón seguido y con mucha sorna hacía referencia a los chicos que emplean expresiones como "qué fuerte", "cómo mola" o "qué palo me da ir ahora a currar". Es decir, la inmensa mayoría de personas ubicadas en la horquilla que va de los once a la treintena. Éstos, decía, "no tienen en su vocabulario más de 600 palabras, y con eso, una persona es incapaz de alcanzar un pensamiento abstracto".

El estado de la juventud en mi país es deplorable. Yo no llego a la treintena, así que no vayan a creer, ¡oiga!. Pero es que uno anda por la calle y los escucha hablar con esa desidia y de esas memeces que le dan ganas de envejecer diez años para que no le confundan con el enemigo.

A estas alturas, ya no me creo milongas sobre padres permisivos y consolas absorbentes. No fastidien, por favor, yo también tuve trece años. ¿Dónde pasan la mayor parte del tiempo los chavales hoy en día? Pues ahí está el problema. En las aulas. En la educación sesgada y fragmentada. En las absurdas y endebles reformas educativas con las que los sucesivos gobiernos de este país han dejado huerfanos de literatura e historia a los que se encargarán de manejar este tinglado el día de mañana. Si así nos va ahora... Charlen media horita, no más, con cualquier barbilampiño del norte de Europa y entenderán de lo que hablo.

Para muestra de este desfalco cultural, un botón. Hace unos días me quedé boquiabierto frente al televisor y con cara de memo (me sucede mucho últimamente cuando prendo la caja tonta). "El Ministerio de Educación suprime el cero en los exámenes; aunque el alumno lo entregue en blanco..." decía la noticia. Las razones que esgrimían eran varías: "así el chico no se desanima", "es una forma menos ofensiva de evaluar" y postulados por el estilo. El mundo de algodón que les estamos construyendo a nuestros vástagos, pensé. Así, qué coño, como no van a salirnos gilipollas de remate.

martes, 13 de marzo de 2007

Desde Phnom Penh

A Van Nath la pintura le salvó la vida.
Cuando era muy jovencito, tendría menos de 20, pintaba retratos y paisajes y los carteles que daban la bienvenida al rey camboyano, Sihanouk. Entonces vivía con su familia que cultivaba la tierra en la provincia de Battambang. Nath llevaba poco tiempo casado cuando el dictador Pol Pot tomó el poder, en 1975, y Camboya se convirtió en un gran campo de trabajos forzados; las ciudades fueron vaciadas y todo enemigo del régimen arrestado y liquidado.

A uno de los centros de detención y tortura, el S 21 (antes una escuela de secundaria) fue trasladado el pintor y campesino Van Nath; durante días y noches, meses, fue sometido a todo tipo de torturas físicas. Los guardias, que tenían menos de 15 años, no hacían concesiones. Querían que confesara, pero no había nada que confesar. 14.000 personas fueron torturadas y asesinadas en esa cárcel, la S-21, hoy museo del genocidio. Mujeres y niños, campesinos, obreros, cientificos, maestros, políticos...la lista es muy larga. Nath se salvó porque el régimen decidió hacer una excepción: sus líderes necesitaban ser inmortales, ser retratados.

Un día, le quitaron las cadenas y le dieron de comer y le permitieron ducharse, y le pidieron que copiara una foto, la de Pol Pot, hasta ese momento un ser completamente desconocido para Van Nath. Sin fuerzas, con el alma arruinada, lo consiguió y se salvó.

Más adelante, cuando recuperó la libertad, en 1979, pintó el horror y colgó sus cuadros en el museo del genocidio de Phnom Penh. Sólo seis personas salieron con vida. Cuenta que en más de una ocasión se encontró con algunos de los verdugos, dice que los miró a los ojos y les preguntó por qué razón fueron capaces de cometer aquellos crímenes. "Qué hacían con los ninos?" le dijo
a uno de ellos, "los matábamos a todos, era la orden".

Hoy Van Nath tiene un restaurante y sigue pintando.
Sonríe y se le iluminan los ojos cuando cuenta que uno de sus hijos también es artista. Y no se explica cómo los responsables de los crímenes cometidos bajo órdenes de Pol Pot pueden pasearse tranquilos en sus pueblos. No entiende cómo Pol Pot murió sin arrepentirse de nada sin tener que dar explicaciones. Camboya es un regadero de fosas comunes, hay miles, miles; de acuerdo con algunas cifras, alrededor de 2 millones de personas fueron asesinadas entre 1975-1979. Hay otras que dicen que fueron 3 millones.

Con todo esto, consideré normal que mi grabadora dejara de funcionar durante nuestro encuentro con Van Nath; que el aire acondicionado comenzara a gotear de forma intempestiva y que el flash del fotógrafo se estropeara sin motivo aparente. Entonces me acordé del sabio Fernando Fernán Gomez, y pensé: A la mierda la grabadora digital de los cojones, a la mierda el jodido aire acondicionado y el flash de ultramoderna cámara fotográfica.

Desde Phnom Penh (Camboya), Jose Gabriel Díaz.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Gabo

Gabriel García Márquez, Gabo. El maestro.

Leí Cien años de soledad hace ya unos cuantos años. Entonces, con apenas diecinueve o veinte, pensé que ese tipo era el mejor prosista del mundo, que nadie contaba las cosas como él y, sobre todo, que absolutamente nadie era capaz de inventarse un país como Macondo o una estirpe como los Buendía. Desde entonces, me turba como el primer día escuchar el nombre de Amaranta. Más tarde, con veintiséis, en mi segundo viaje a Colombia, confirmé las sospechas del primero, con veinticinco.

Recorría la costa caribe de ese país acompañado de mi Amaranta de carne y hueso y con El amor en los tiempos del cólera bajo el brazo. Lo prefiero al otro. Descubrí entonces que Gabo no era tan bueno como pensaba; aunque seguía siendo el mejor, ¡qué carajo!. Descubrí que Macondo podría ser perfectamente Aracatama o Riohacha y que estirpes tan absurdas como geniales como los Buendía son las que abundan en esos pueblos costeños.

El realismo mágico de Márquez se nutre a partes casi iguales de su genialidad como escritor e inventor de universos paralelos y de las historias que sirve en bandeja el lugar más maravilloso y bello del mundo: Colombia. Lo que deje de ocurrir allí, les aseguro que no puede pasar en otro lugar.

martes, 27 de febrero de 2007

Lo


"Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta."


Vladimir Nabokov, Lolita

jueves, 22 de febrero de 2007

miércoles, 21 de febrero de 2007

El cantante y el misionero

Reportaje de los de ahora en uno de los dominicales a los que soy asiduo: Bisbal y su novia, juntos en Sierra Leona -ahí queda eso- para conocer el excelente trabajo de reinserción, educación y alfabetización que realiza en Madina (al norte del país, justo en la frontera con Guinea Conakry) el misionero javeriano Chema Caballero, 45 tacos, 15 en el terreno, extremeño, amable, inteligente y con un peculiar estilo en la vestimenta: pantalones repletos de colorines, camisetas y llamativas pulseras y vistosos collares por doquier.

El sabor es agridulce. Por un lado, reencuentro en las fotografías caras de viejos conocidos. Abu y Gbessie dos ex niños soldado que nos guiaron -al redactor y a mí- en las tres semanas que estuvimos trabajando en el país. Poco tiempo, casi nada, para lo que da de sí ese lugar. Dos chavales que fueron nuestros ojos y nuestra sombra. Recuerdo una noche a altas horas de la madrugada en un antro infame de Freetown, Paddy's -un enorme bar a pie de playa en el que se dan cita traficantes de marihuana, prostitutas (casi todas menores) y fauna varia: periodistas, voluntarios, etc.- , mamado de cerveza Star hasta las cejas junto al responsable de Cruz Roja en la ciudad. Miré hacia un lado y encontre a unos veinte metros de mí, agazapado entre la muchedumbre a Abu mirándome. Ojos abiertos como platos. Alerta. Vigilando, vigilándome, para que llegara esa noche sano y salvo a casa.


Por otro lado, veo a Bisbal, vestido de maniquí de Zara, e imagino a su novia, Elena Tablada, que no sale en las fotos; pero sí en el texto. "Esto me ha cambiado la vida. Conocía América Latina; pero esto... esto es otra cosa", dice la pájara. O algo por el estilo.

El texto no es del todo malo; pero, claro, con las impresiones de Bisbal y su prójima de por medio hay cosas que a la periodista se le quedan en el tintero. Me falta, pues, el terrible problema de las niñas que fueron secuestradas por el RUF. Se desconoce cuántas, ya que callaron avergonzadas tras el fin del conflicto. Avergonzadas por haber sido violadas y por tener un hijo de esa violación. Tan avergonzadas que prefirieron callar para no ser llevadas otra vez con sus familias por gente como los javerianos. Mujeres jóvenes, solas y perdidas en un país cada vez más islámico y siempre machista.

Me falta el terrible problema de la prostitución de menores en Freetown. En patéticos burdeles como Paddy's o Atlantic, donde todas dicen tener 21 y casi ninguna supera los 18. Crías amables y alegres, a pesar de su desesperación. Crías, al fin y al cabo. Un problema que no hace más que acrecentar el de un sida galopante.

Me falta la corrupción gubernamenteal que, entre otras cosas, tras pingüe soborno, deviene en vista gorda para que empresas del primer mundo sigan sacando diamantes declarando sólo la mitad.

Me falta la certeza de ese pueblo de que las causas que realmente les hicieron coger un AK-47 a sus gentes -la pobreza, la miseria y la corrupción- siguen latentes en Sierra Leona. Que sólo hace falta un cacique como Foday Sankoh que agite a las masas más vulnerables para meter al penúltimo país más pobre del mundo en otra guerra absurda.

Me falta el brutal crecimiento de un radicalizado islam y la construcción de escuelas coránicas que dejan a un lado la ciencia y la literatura en pro de un extremismo aterrador.

Me falta el trabajo de Chema para evitar eso, como se saca escuelas de la manga para alfabetizar a los muchachos sin pedirles en ningún momento que acudan a su iglesia. Recuerdo como nos contó que financió una mezquita sólo para que los musulmanes de Tonko Limba se dieran cuenta de que su escuela no era tan mala.

Me faltan las excelentes notas académicas de Justice, secuestrado por el RUF, y de sus ganas de viajar a Londres para estudiar Medicina.

Me faltan los ojos de Gbessie, 19 años, cuando coge en brazos a su preciosa hija.

Me falta el trabajo como mecánico de Abu, antes General Abu, y como, con sólo 19 años, se compró un taxi a plazos y pudo emplear a uno de sus amigos. Un muchacho que nos hizo de chófer las tres breves semanas que allí pasamos.

Me faltan también las heroicas hermanas clarisas de Lunsar, que tras ser secuestradas y obligadas a caminar por la selva durante horas en la noche, con el acero del Kalashnikov golpeándoles la espalada a cada paso, siguen peleando cada día en esa tierra dura y ardua que es África.

Me falta todo eso y mil cosas más. Pero sobre todo me sobran fragmentos de texto. Declaraciones. Estupideces. Sandeces. Ñoñerías. "¿Sabes que mi profesora de diseño en Miami no sabía qué era eso de los niños soldado?", dice la Tablada. "¿Pero de dónde lo sacas?, me decía. ¡Si es una película!"

Un película, dice... hay que joderse.

martes, 20 de febrero de 2007

miércoles, 14 de febrero de 2007

Posible respuesta a un guardia urbano

¡Qué pasa?, ¿que en la Academia de Superhéroes no te enseñaron modales?

Movilidad en Barcelona ciudad

Desde que tengo moto, he creado un odio visceral hacia el colectivo de los taxistas y la Guardia Urbana.

Gracias, maestro

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar, Rayuela

jueves, 8 de febrero de 2007

Babel

Dicen de Alejandro González Iñárritu que siempre filma la misma película, que cuenta las mismas historias y del mismo modo. Eso es tan cierto como que De Niro interpreta siempre a De Niro, De Palma emplea siempre los mismos códigos y que John Le Carré escribió siempre la misma novela de espías. Sin embargo, a mí, ese tipo con aspecto de haberse educado en los mejores internados de la vieja Europa me sigue perturbando.

Me refiero al fragmento de Babel en el que Cate Blanchett recibe un balazo mientras está recostada sobre una de las ventanas del autobús, repleto de turistas infames, en el que atraviesa el Atlas marroquí. Antes, había acariciado la mano de su esposo, interpretado por Brad Pitt, tras cruzarse con un grupo de mujeres con el rostro oculto por un litham negro, vestidas de ese mismo color hasta los tobillos y descalzas. Acariciaba la mano reconfortada. Sabiéndose poseedora de una vida cómoda y desahogada. Feliz, o casi. Y de pronto, zas, la bala, el vidrio roto y sangre. Mucha sangre.

El desconcierto se apodera del pasaje, la mayoría gringos con cámaras digitales al cuello y vestidos como experimentados exploradores. Tripones y absurdos en medio del desierto. Gritos, jadeos histéricos, confusión. Un caos. Mientras, el vehículo se adentra en la aldea de uno de los guías. Un lugar donde las casas están hechas de barro, los hombres montan en asno y las mujeres cargan agua en cubos sobre la cabeza.

El rostro de Pitt basculaba entre el pánico y la incredulidad. "¿Pero cómo puede estar pasándome esto a mí?" parecía decirse. Entretanto, el resto de turistas pálidos y de carnes flojas miraban perplejos y aterrados al otro lado de las ventanas. Afuera del autobús. Afuera de la burbuja de cristal en la que siempre vivieron. Miraban con nerviosismo atento una sucesión de críos arapientos, caras ajadas, perros flacos y viejos en sandalias con pies callosos. El maldito mundo real. "¿Por qué me está pasando esto?", continuaba denotando la expresión de Pitt.

El primer mundo vive refugiado en la sociedad que ha creado para sí. En préstamos bancarios, hogares confortables, trabajos de ocho horas por lo general y con una salud a menudo férrea o con fármacos al alcance del bolsillo, si no es así. Se desconoce, por puro pavor, a veces; falta de interés, otras, y, a menudo, una combinación de ambas, que la mayoría de la población de este planeta vive entre la pobreza y la penuria. Que la mayor parte de los humanos malvive sin seguridad social, que aún hay personas que mueren de vulgares gripes, que hay muchachos en Palestina que sólo conocen su tierra en guerra, que madres parturientas mueren a puñados en África y que el sida hace estragos en ese continente y empieza a alcanzar cotas elevadísimas y preocupantes en Europa del Este. Aquí al lado.

Ese mismo mundo que aún hoy rie las gracias a perfectos hijos de perra como Chaves o Castro también desconoce que los refugiados no son sólo los de nuestra guerra civil. Que hay poblaciones de indígenas que cruzan a pie la frontera entre Colombia y Panamá perseguidos por guerrillas y paramilitares, que la vida de los que huyeron de Sudán a Chad aún sigue en peligro porque las milicias janjaweed cruzan también esa frontera para cometer terribles masacres, que el sudeste asiático está repleto de burdeles con menores trabajando dentro, que el sector textil chino hacina a trabajadores en las fábricas durante 15 o 16 horas diarias, sin seguro médico y con míseros sueldos que apenas son suficientes para un par de comidas al día.

El primer mundo desconoce que la vida, además de apasionante y maravillosa, también puede ser una hija de la gran puta. Por ello, a esa gente se le queda cara de estúpida cuando le diagnostican un cáncer, el sida, cuando un desgraciado le arranca la vida al volante de un automóvil o cuando un grupo de majaderos integristas le revienta las Gemelas en sus propias narices. Pero que diablos, eso siempre le sucede a otro, ¿verdad?.

lunes, 5 de febrero de 2007

¡Venceremos!




(www.liladowns.com)

La punta de oeste carga
Gente de cualquier nación
De China hasta Puerto Rico
Cargamos el mismo patrón

Pisando la tierra firme
Se suelta la bestia al cañón
Que emana ese fuego eterno
Que busca revolución

Somos una sangre,
Una sangre somos
Polvo de la tierra
Sentada a la mesa
De nuestra ilusión

Somos una sangre,
Sólamente sangre
Con el alma en la boca
Y la sangre caliente
En el corazón

El hijo duerme tranquilo
Su sueño cuidado está

Su madre le dio este mundo
Porque ella no pudo volar

Bailamos todos al ritmo
Al ritmo de humanidad
Que sangre del polvo al polvo
De tierra se vuelve mar

Fragmento tomado de "Ensayos y Crónicas" de Jose Martí.
Edición de José Olivio Jiménez , Madrid.
Inspirada por los versos de Don Arcadio Hidalgo y la cumbia Nordina de Chile.

miércoles, 24 de enero de 2007

Pongamos que hablo...

La GranVía. El anuncio de Schweppes de la Gran Vía. Tronco. Ese cartel enorme y a trazos del estreno. Mi amigo Popen de Chamberí. Cañas. Vengo, vengo, vengo de Lavapiés. Zapatillas o zapas. El siglo XVII en la Plaza Mayor. La pringue de un bocata de calamares a dos euros. Las lumis de Montería. Quevedo. Pies en el suelo. Concha Espina. La gachí. El Café Gijón. Abrigos largos. La placa a un cerillero anarquista. ¡Un actor! Velázquez. Nuevos ministerios. La chica guapa que te sonrie cuando descubre que la miras. Tirso de Molina. Sopa china junto a Chueca. Charla en la barra de un bar desconocido. Alatriste. Tapita por la cara. Sabina. Boinas. Buena gente. Historia.

jueves, 18 de enero de 2007

Viejos

Las encontré anoché, entre los canales infames de la televisión de este país, vestidas de corto, orgullosas, con la equipación del equipo de fútbol sala en el que juegan. Ellas dos, unos sesenta y cinco, y el presentador, un gracioso profesional, sentados frente a frente en un plató de cartón piedra y con un centenar de personas como público.

Confieso que no les presté demasiada atención. La gilipollez en esos programas es ya endémica. No obstante, descifré que se trataba de un grupo de ancianas residentes de un pequeño pueblo, no pregunten cual. Que las entrenaba un joven -entró en escena más tarde- que "quita el sentío", exclamó una de ellas. Deducí en ese momento que el pueblo era andaluz.

Durante la entrevista, el realizador pasaba imágenes del entrenamiento. El joven, también un profesional; pero esta vez de tácticas futboleras, más que futbolísticas, aparecía en ellas realizando un gran esfuerzo para que las ancianas lograrán dar pie con bola. Misión imposible. Niet. No obstante, habían jugado dos partidos y los dos ganados. "Dos de dos, vaya, ustedes pueden ganar al Real Madrid" (Risas).

Pero eso no es todo. El conductor del espectáculo despedía ya el programa cuando la más jocosa, metiéndose en cuadro, dijo: "lo que pasa es que a mi lo que me gusta es cantar por Lola Flores". Ahí es na'. "Bueno, aquí tenemos orquesta", dijo el presentador. Lo demás lo pueden imaginar. Me quedé allí, frente al televisor. Quietísimo. Con la boca abierta y el tenedor con un pedazo de pescado pinchado justo en frente. Con cara de gilipollas.

La palabra viejo me gusta. Hoy es imposible llamar a un anciano viejo. (Y a un negro negro y a un chino chino y no oriental, ¿Que tendrá que ver un Pakistaní con un fulano de Pekín?, exceptuando la "k", claro.) Relaciono viejo con antiguo, con historia, con vida, recuerdos y sabiduría. A mi lo viejo, me impone respeto, que quieren que les diga.

Me patea el hígado esa estúpida actitud que muchos viejos tienen aquí. La de que hay que hacer el gilipollas porque aún nos sentimos jóvenes. ¿Y que hay de malo en saberse y sentirse viejo? Puede uno saberse y sentirse mayor y albergar tantas ganas de seguir descubriendo y aprendiendo como un muchacho de veinte. Cuando recurro a mis mayores, en busca de consejo o de un chorro de luz en algún percance, lo que quiero encontrarme es eso: a mis mayores, a mis abuelos, a mis padres. No a un payaso vestido del Betis.

jueves, 11 de enero de 2007

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Cayucos

Aníbal Carrillo es el director de Salvamento Marítimo en Las Palmas.

¿Qué es lo peor de un rescate?
Que los que vienen en el cayuco no saben nada de la mar. Te acercas con la lancha, te abarloas a la barcaza y esperas que no se mueva nadie para que el cayuco permanezca quieto y no vuelque. Quieres que el desembarco sea tranquilo.

Pero no siempre es así.
Nunca es así. Están nerviosos y desesperados por salir de la patera. El mar es duro. Se levantan, se mueven y muchos caen al agua. Es lo más peligroso, pues llevan horas en la misma posición y están agarrotados, con lo que cuando caen al mar no pueden moverse y se hunden irremediablemnte si no actúas con celeridad. La mayoría no sabe nadar.

¿Y una vez abordo?
Casi todos llegan siempre con hipotermia. Se les tapa con mantas y se les ofrece agua, mucha agua, y galletas nutritivas. No es mucho tiempo el que transcurre hasta llegar a la costa, que es donde reciben los primeros auxilios. No obstante, si algún caso es grave se llama de inmediato al helicóptero de Salvamento Marítimo para el traslado a un hospital.

Un auténtico drama.
Lo más duro es cuando ves que viajan con algún recién nacido o cuando te orillas a la barca y ves que ha fallecido algún pasajero. Hace tres años, con la oleada de inmigrantes procedentes de Marruecos, detectamos una patera. La alcanzamos. La mitad había muerto de frío. A bordo estaban los catorce cadáveres empapados. Se habían desorientado. Dos días perdidos en el mar para una travesía que se realiza en quince horas. Era la víspera de Nochebuena.

Ivan M. García

Blindaje

Uno de los Objetivos del Milenio para 2015 que promueve la Organización de Naciones Unidas (ONU) es el de investigar en nuevos fármacos para combatir el sida. El 60% de los afectados por esta enfermedad son africanos, concretamente de África subsahariana. A pesar de que esta parte del contiennte represente tan sólo el 10% de la población mundial. Ahora bien, ¿alguien puede explicarme cómo se logra eso cuando la Organización Mundial de Comercio (OMC) acaba de dotar de nuevas "herramientas" a las farmacéuticas para que blinden las patentes de los medicamentos de segunda generación para paliar sida?

Las ONG han logrado, a partir de los fármacos genéricos (fabricados en su mayoría en Brasil e India), reducir el coste de los tratamientos antirretrovirales en África hasta el punto de que es posible pagarlo a quien lo necesite. De 10.000 euros por persona y año en 2000, a 130 euros, actualmente. El caso es que el virus, al cabo del tiempo, crea defensas ante estos fármacos y son necesarias nuevas fórmulas y nuevos medicamentos para seguir frenándolo. Pues bien, son las patentes de estos nuevos medicamentos las que se han blindado. No hay genéricos. En África, el que no haya genéricos, significa que tampoco hay tratamiento. Un bonito cuento de Navidad.

martes, 5 de diciembre de 2006

Malinche


por Lila Downs, Paul Cohen y Yunior Terry Cobrera


A un español, Hernán Cortés, que llamaban los aztecas Malinche, tradujo una joven esclava, las flores de su lengua, Malintzin, mujer indígena, fiel creyente de la virgen, traductora del encuentro que transforma México, lengua del nuevo tiempo.


Por el camino va Malinche,

paso de polvo y canela

mira que voy buscando

por el camino a mi corazón


Vengo con mi promesa

buscando ceiba y el caracol

mira que juega ese malacate

mira que come ese camarón


De la costa viene caminando

con paso libre tono de mar

la morena una rede carga

medalla de oro y de coral


Por el camino va Malinche

paso de amor y de penas

busco en los días buenos

con la Marina bailar chilena


Yo te quiero a ti, morena

niña Marina del corazón

mira que baila toro el petate

mira que busca un toro rabón