domingo, 21 de octubre de 2007

Se nos fue Cebrian


El sábado por la tarde murió el periodista Juan Luís Cebrian. Cuarenta y un años. De un infarto. Zas. De repente. No lo conocerán, no salía en la tele. Pero tenía uno de los mejores programas de radio de este país: La rosa de los vientos. El horario, de una a cuatro de la madrugada, tampoco ayudaba o, tal vez, sí. Su hora de programación -a principio, toda la semana, luego sólo sábado y domingo- era o es, no sé si seguirá emitiéndose, un excelente filtro de oyentes.

Cebrian llevaba diez años dirigiendo y presentando un programa donde convergían excelentes bandas sonoras, literatura e historia. A través de las ondas, uno podía verse peleando del lado de los Almogávares, pasando fatigas remando en galeras, formando parte de una expedición para descubrir los secretos de Tutankamon, besar a la bella Cleopatra (ese mismo programa desmontaría también el mito), navegando con Barba Azul o asistir al asedio de Europa con los Tercios Viejos de Flandes. Ese programa era pura historia. Ojalá pueda seguir siéndolo en este país estúpidamente olvidadizo.

Me equivoqué...



... claro que todavía quedan mujeres como las de antes...

sábado, 29 de septiembre de 2007

Haka

La Haka es la danza de guerra maorí. Los All Blacks, el duro equipo nacional de Nueva Zelanda, la baila ante su rival en cada partido para minar tanto su moral, como su concentración. En el vídeo, un encuentro entre la selección francesa y los neozelandeses.

martes, 11 de septiembre de 2007

Wild is the wind

Lola, su labrador de pelo negro, se rebozaba en la arena, a la orilla del mar. "¡Lola!", gritó. Pero la perra corría desobediente tras tres gaviotas. Sonrió, negó con la cabeza y volteó su rostro hacia el viejo faro. Entonces la vio.

Tenía el cabello castaño, corto y revuelto. Ojos grandes y color almendra, labios gruesos y una nariz diminuta y puntiaguda. "Tiene cara de ratón travieso", se dijo y esbozó de nuevo una sonrisa. Esta vez, debida a su ocurrencia.

La veía cada mañana cuando sacaba a Lola a pasear por la pequeña caleta que había junto a su estudio. Vestía ropa deportiva blanca que hacía que su piel morena lo pareciera aún más. Se fijó en que el cuello de su camiseta, ajustada y sin mangas, estaba húmedo. "Sale a correr. Corre cada mañana", pensó. Tenía aspecto de atleta. Piernas contorneadas y hombros y espalda bien formados.

Ella miraba al horizonte erguida, en la orilla, con las piernas arqueadas. Descalza, dejaba que el agua acariciara sus pies. A veces, cuando la ola volvía al mar, sujetaba pequeñas conchas con el pulgar de su pie derecho. Se agachaba, mojaba las manos y humedecía después su rostro con ellas. Con los ojos cerrados, giraba su cara al viento y sacudía levemente la cabeza hasta que su frente quedaba despejada de mechones de pelo.

Lola seguía sin atrapar a ninguna de las gaviotas. "¡Lola!", volvió a llamarla. No hizo caso. Miró hacia otro lado y sus ojos azules se cruzaron con los de la corredora, que en ese instante sonreía por la desobediencia de la perra.

La vio desnuda a su lado, dormida y con el torso descubierto, mientras el sol entraba como un ladrón por las hendiduras de la persiana. Se imaginó besándole el cuello, ella riendo de algo sin concretar, en un café cercano al puerto una tarde de otoño. Pensó en como sería doblar con ella de la mano todas las esquinas y recovecos infinitos del Trastevere o atravesar, entre risas y miradas cómplices, la jungla del mercado chino de las calles de Quiapo, junto a la iglesia del Cristo Negro.

Dibujó en su cabeza escenas cotidianas junto a ella. Comidas familiares, un plato de pasta recién cocinado sobre la mesa cuando volviera tarde y cansada de su trabajo, cualquiera que fuera. Hacer el amor al regreso de una cena en casa de una pareja amiga. Saboreando su piel, oliendo su cuello y humedeciendo cada pliegue de su cuerpo hasta que cayera desfallecida. Imaginó una boda, hijos. Y también una vejez eterna y confortable a su lado. Imaginó tanto en un sólo instante que llegó a ruborizarse por ello y debió dejar de mirarla. "¡Lola!", gritó por enésima vez.

La corredora había dejado ya de atrapar conchas marinas y se alejaba inexorablemente un día más. Lola había vuelto. Le acarició la cabeza. "Perra, mala", le dijo al oído y rió quedamente. "¿Por qué no me haces caso...? Me has dejado fatal delante de esa chica, ¿eh?. Eso no se hace, Lola. Entre nosotras, nos tenemos que echar un cable de vez en cuando, ¿no crees?". Le besó de nuevo la cabeza, enganchó la correa a su collarín y deshizo sus pasos por la arena hasta su hogar.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Gilda


Si yo fuera un rancho, me llamaría Tierra de Nadie. Le dijo Gilda, Rita Hayworth, a Glenn Ford, el chico de moda en Hollywood. Él se quedó allí parado, de pie. Muy quieto y con cara de idiota. Como todos nos quedaríamos ante mujeres así, si aún hoy existieran...

martes, 21 de agosto de 2007

Perdido en el desierto


Mi sentido de la ubicación es nefasto, a pesar de que llevo ya cierto tiempo con la mochila al hombro. Esa falta de ubicación me pasó factura hace unos días. Les cuento, si quieren. El departamento de La Guajira es en su mayoría un amplio desierto que finaliza en el mar Caribe. Pues bien, me perdí en ese desierto anteayer.

Fue a la vuelta de la playa de El Pilón de Azúcar hacia nuestras hamacas. Diez minutos a pie por carretera y cincuenta cortando camino por el desierto de El Cabo de la Vela. Carlos, las chicas y yo volvíamos en 4X4; pero me despegué del grupo para fotografiar un cementerio wayuu medio abandonado y rodeado de cactus, arena y un cielo increíblemente cercano y azul.

No se si me desvié de la carretera antes o después de lo debido; pero, indudablemente, lo hice por donde no era. Anduve entre encinas, zarzales y cactus durante cerca de dos horas. Una de la tarde, sol perpendicular, un café solo como único líquido ingerido ese día y ni un rancho a kilómetros a la redonda. Mi cabeza empezaba a parecer la caldera de una vieja locomotora y mi boca estaba tan seca como la suela de mis botas. "Me perdí", me dije. Pensé en volver hacia la playa, pues una pequeña montaña situada al lado de ésta me serviría como referencia. De esa manera, podría descansar de nuevo en el cementerio, reubicarme y retomar el camino o, con suerte, montarme en uno de los coches que vinieran de la playa, si es que todavía quedaba alguno.

Busqué la montaña y vi que me había desviado muchísimo del camino. Me asusté. Me asusté mucho. "Me temo que en mi estado no la alcanzo", me dije. No obstante, me tapé la cabeza con la camiseta y encaminé mis pasos hacia el monte. Caminé maldiciendo y avergonzado. "Hay que joderse, Ivancho, que sea así, después de lo que llevas a cuestas, como termine todo este tinglado. Inconsciente y seco como la mojama en el desierto. Por despistado y por gilipollas".

Llegué al cementerio de nuevo. Descansé a la sombra de un techo de paja sobre cuatro troncos, junto a los restos de una hoguera, tras unas lápidas y rodeado de chivos que pastaban allí. Me sentí como Sean Penn en el final de U-turn, un perfecto imbécil. Al rato, con el aliento recuperado, volví a la carretera con la intención de no desviarme de ella y llegar a cualquier parte, a esas alturas daba igual, donde beber agua y coger un coche hasta mis cabañas. Pero la carretera parecía no tener fin y temí que me cogiera la noche en el camino. Así que volví al cementerio (hogar, dulce hogar) a esperar a que notaran mi ausencia en el estadero y que salieran a buscarme.

Empecé a tomar fotos de nuevo, sólo por no desesperarme del todo y fue cuando, a lo lejos, vi moverse algo. Era una persona, o así me lo parecía. Corrí hacia ella haciendo aspavientos y exagerando teatralmente mi fatiga. Como les decía, un auténtico memo. Llegué hasta ella. "Estoy perdido", dije antes de percatarme de que tenía ante mí un niño moreno, wayuu, mal vestido y con unos grandes ojos oscuros que me observaban extrañados y divertidos. Sostenía una botella grande de Coca-cola repleta de sal gruesa. El crío la estaba limpiando y recogiendo de una enorme salina cercana a la playa de la que les hablé antes.

"Estoy perdido", repetí. "Me estoy quedando donde la Nena Gómez. Allá, en El Cabo. ¿Sabes dónde te digo?". Asintió. Le pregunté si él vivía allí.
No- dijo. En otro pueblo.
Vaya. ¿Y podrías acompañarme?. Llevo horas dando vueltas sin dar con el camino- dije.
¿Ha almorzado algo?- me preguntó sin mirarme.
Nada- contesté extrañado. Y tampoco he bebido nada en toda la mañana. Bueno, sí -rectifiqué- un café a las seis y media.
Soltó una carcajada divertida y sonora. Guasón.

Estoy muy cansado. ¿Crees que podrías acompañarme?- inquirí de nuevo.
¿Ahora?- preguntó.
Si es ahora, me harías un gran favor, amigo- le espeté.
Pues entonces vamos- dijo solícito mientras cogía de nuevo su botella.

Caminamos en silencio. Le pregunté que si cada día iba a recoger sal. "Sí. Y también voy a la escuela", contestó. "¿De verdad estás sin almorzar?"preguntaba continuamente y negaba quedamente con la cabeza sin esperar respuesta alguna. Anduvimos y me llevó por caminos y claros que no recordaba. "No puedo ser tan estúpido de no acordarme de este lugar", pensé. Justo después, el crío se paró en seco y gritó "mira, una de tus huellas, de tu ida a la playa". En efecto, era la suela de mis botas.

Divisamos el estadero de la Nena Gómez. Le devolví la botella y un cubo de agua que me había ofrecido a llevarle y le pregunté su nombre. "Francisco", dijo. "Yo me llamo Ivan". Le estreché la mano y deslicé en ella un billete de 20.000 pesos. "Gracias, muchas gracias", le dije. "Y esto es para que invites a tu chica a una gaseosa". El rió de nuevo, agradeció el gesto y se fue caminando a pasos cortos y decididos.

Qué quieren que les diga. En ocasiones, me siento afortunado de resultar desubicado y de perdeme mil y una veces en lugares desconocidos.

Tejiendo la hamaca

Días de pesca

El beso

La Guajira

lunes, 20 de agosto de 2007

Historias Guajiras


Gino es un argentino sesentón que recorre América Latina -desde Usuaia a Maracaibo- sobre las dos ruedas de su Africa Twin. Su viaje empezó en la Patagonia argentina hace unos meses y finalizará cuando el cáncer de pulmón que padece le diga "che, hasta acá llegamos, viejo".

Apareció en nuestras hamacas hace unos días. Apenas un metro sesenta y cinco de altura, barriga prominente, pelo blanco y barba cana. Con mirada glauca, sonrisa franca y los ademanes suaves y educados de la buena gente. En seguida, lo apodamos Papá Noel.

"Fuma usted con muchas ganas, che. Me da envidia. Pero tenga cuidado, ¿sí?", le dijo a Carlos mientras engrasaba la maquinaria de su motocicleta. Más tarde también le diría que él dejo de fumar hace ahora una década, tras el diagnóstico del cáncer. Que llegó un momento en que los médicos le dieron cuatro meses de vida y que fue entonces cuando ensilló su Honda para realizar el último y mejor viaje de su vida.

Gino lleva ya seis meses en ruta. Apurando sus días entre emociones, sentimientos y experiencias que todos deberíamos experimentar al menos una vez en la vida. Viajando "hasta el día del campanazo final", como él nos confesó antes de partir de nuevo hacia Venezuela.

* * * *

Luci perdió su ojo izquierdo cuando era una cría. "Me cayó mugre", dice. Luego se infectó y tuvieron que sustituírselo por una prótesis. Luci tiene diecisiete años, aunque aparenta diez más. A los quince su madre hizo que abandonara la escuela en Uribia para mandarla a El Cabo de la Vela, a limpiar, cocinar y atender a los turistas en las cabañas que regenta su pérfida abuela.

El trabajo de Luci es excelente. Son las cabañas más limpias y lindas de todo el pueblo y jamás comí una sierra o un pargo tan bien cocinado y con unos patacones tan sabrosos. A pesar de ello, su abuela no le asigna ni un peso a fin de mes y, si alguien ofrece a Luci unos billetes de propina, se los arrebata con avaricia. También le riñe y le golpea con cualquier escusa, o eso dice la joven.

Luci, india wayuu con la única cultura de su tradición -que no es poca-, planea en silencio su fuga a la inmensa ciudad de Bogotá el próximo diciembre para labrarse una nueva vida.

La famosa Ingrid de El Cabo de la Vela


Ingrid tiene doce años, estudia por las mañanas en la escuela del pequeño pueblo de El Cabo de la Vela y vende pulseras hechas a mano por las tardes. Quiere ser maestra y, más tarde, alcaldesa de ese lugar, o eso dice. Jamás, nadie me sopló viruta con tanta facilidad como esta cría.

Taxi


Trayecto de Uribia a El Cabo de la Vela, en La Guajira.

martes, 14 de agosto de 2007

Tayrona


El Tayrona es una reserva natural, antiguo asentamiento indígena -de los kogi, entre otros-, y donde se funden la Sierra Nevada de Santa Marta y el mar Caribe. El turismo en la reserva ha aumentado y, por consiguiente, el precio de los pescados con arroz de coco y patacones o el alquiler de una hamaca. Si en 2001, la noche en "chinchorro" costaba 2.000 pesos (poco menos de un euro) hoy la están pagando a 12.000. Calculen. Pero tampoco es tanto, para que nos vamos a engañar. Como les digo el turismo ha aumentado, en parte, por una buena campaña publicitaria de la zona y, en parte, por la política de seguridad democrática (¿democrática?) del presidente colombiano, Álvaro Uribe.


Los israelíes son los visitantes más numerosos. Viajeros de verdad. Experimentados, se nota en sus mochilas, calzado y maneras. Gente que sabe lo que se hace, tengo buenos amigos judíos, sé de lo que hablo. Llegan al parque en grupos de diez o doce chicos. Jóvenes, esbeltas ellas, resultones ellos. Afortunadamente, hemos dejado la reserva antes de que levantaran un muro y pusieran un checkpoint en la entrada.


Me encontré con Franky Rey, el guía que en 2001 me llevó desde Calabazo a Arrecifes, atravesando todo el parque Tayrona en cinco horas de caminata. Por aquel entonces él tendría unos 64 años. Hoy con setenta sigue en ruta. "El parque está más caro, sí. Hay más seguridad. Aunque el que le da mala imagen al país es el propio colombiano", me decía mientras se pasaba su mano por su cara arrugada y curtida por el sol. "Cada día tengo que discutir con alguno. Vea, usted es Español y es la segunda vez que nos visita. Mientras que muchos colombianos vienen por primera vez y alegan que esto está muy peligroso y que nadie está seguro en el parque". Luego, se alejó negando con la cabeza gacha y caminando lentamente con sus piernas ligeramente arqueadas.


Me hago mayor inevitablemente. Nos quedamos sin dinero en el parque. Un mal cálculo y unos precios que no esperábamos. La primera noche no cenamos y la segunda encontramos, escudriñando en nuestras mochilas, algunos pesos que nos permitieron, tras el feliz hallazgo de otros 2.000 pesos en el suelo del bar, comprarnos unas bolsas diminutas de patatas fritas que nos supieron a gloria. Con 29, aguantar hambre ya no es un reto, es una putada.


Homenaje


Traducción: Carmenchu y Jainor también (tb.) estuvieron aquí. Un guiño a mis dos coleguitas del currele, porque molan lo suyo y más, tsssee... Carmenchu, si es que es nombrarte y volver al macarrismo, coño... No obstante, prometo repertirte lo del "aire acondicionado prendido".

Ventanuco


Las vistas desde mi hamaca, ubicada en un torreón de madera, sobre una roca bañada por el mar caribe.

La edad de la inocencia


La hija de nuestro "hamaquero". El tipo que nos alquilaba las hamacas.

LOST


Mamá, tranquila. Sigo vivo, a mí no me quiere ni la guerrilla...

domingo, 12 de agosto de 2007

La Costeña

Un autobús de la flota de la compañía La Costeña nos ha llevado hoy desde Cartagena de Indias al Tayrona, una reserva natural donde la Sierra Nevada de Santa Marta se une con el mar Caribe. El vehículo era pequeño, viejo, con asientos a medio atornillar y oscuro. Luz tenue y cortinas corridas. La cabina del conductor estaba separada del espacio para el pasaje por una puerta negra. Al abrirla he escuchado las notas estridentes de un comercial que emitía en ese momento Caracol TV en la tele del vehículo. "Coño, un after", le espeté a Carlos, aún "enguayabado" por la noche de ayer. (No logro entender la inevitable relación entre el funcionamiento de los autobuses y la necesidad de tener prendido durante todo el viaje -que más da si son las cinco de la mañana y al otro lado del cristal llueve- el aire acondicionado. Joder, qué frío).

Días antes comprobé que Medellín sigue radiante. Fajardo, su alcalde, ha hecho (está haciendo) un gran trabajo. Más zonas verdes, más bibliotecas, más urbanismo útil. A nivel nacional, la cosa no anda igual de bien. Once senadores procesados por relaciones con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), grupo paramilitar de extremísma derecha, el jefe de la policía secreta encarcelado por el mismo motivo, las conversaciones con los elenos no avanzan y las FARC no se bajan del burro. Tampoco lo hace el presidente, Álvaro Uribe, quien jura y vuelve a jurar que él nada tiene que ver con el paramilitarismo y la parapolítica. Qué risa. No obstante, uno pregunta y la gente está contenta con él. "Ahora se puede viajar por carretera en Colombia", dicen algunos. "Son todos la misma porquería, mejor que el presidente esté vinculado a los paracos que a los guerrillos, que son los que nos secuestran", sostienen otros.

Saben que su Gobierno no está limpio. Pocos lo han estado en este país, así que tampoco les extraña. Además, medio siglo sufriendo a las FARC hacen mella. Uribe, eso sí es cierto, es el que más duro le ha dado a la guerrilla, y eso el pueblo lo sabe. Así que prefieren mirar hacia otro lado cada vez que se demuestra el vínculo entre política y paramilitarismo. Pero así tampoco se avanza.

sábado, 11 de agosto de 2007

Kalamary


Kalamary significa o, mejor dicho, significaba en el idioma mocanés cangrejo. Los indios mocanaes bautizaron así a lo que hoy es la ciudad vieja de Cartagena de Indias hace unos pocos años. Al parecer, los crustáceos abundaban por aquí.

Fue un poblado al uso. Un caserío circular con bohíos de palma y barenque, rodeado por troncos de árboles terminados en punta y coronados por las calaveras de los enemigos muertos en batalla. Luego, en 1.500, la bravura indígena empezó a menguar con la conquista (eran otros tiempos, no me jodan) española. Y, en 1.533, Pedro de Heredia fundó Cartagena de Indias, una de las ciudades más hermosas del mundo si uno se limita a pasear por su casco histórico.

La fotografía no es representativa en absoluto; pero me gusta. Amargura, a decir verdad, hay poca aquí. El color sí. Es el mismo, junto a los celestes, rojos y burdeos, con los que están pintadas las casas coloniales que El Maestro metió en El amor en los tiempos del cólera. Es una ciudad bellísima, sin duda. Historia pura. Las murallas, la India Catalina (un zorrón de la misma calaña que Malinche), el castillo de San Felipe o los restos de la trata de esclavos negros. Imprescindible a pesar de un incipiente y despistado turismo gringo (ellos, en eso de la historia, están empezando) y de una creciente prostitución. Muchachas demasiado jóvenes y bonitas como que para que la mayoría lleven grabadas en su rostro las siglas VIH.


jueves, 26 de julio de 2007

Lengua

"El español es un hermoso viaje en el que las palabras tienen alma y destino marinero"
Belisario Betancur

miércoles, 25 de julio de 2007

Un dragón en un tuk tuk

en Taxis del Mundo

El dragón dorado se balanceaba bruscamente colgado del retrovistor. Al ritmo de los socavones de la calzada iba de un lado a otro, zis, zas, sin detenerse. A veces, con la velocidad adecuada y si el bache era lo suficientemente hondo, la figurita se elevaba y se golpeaba contra el techo de lona del tuk tuk. Afortunadamente, era de lona, mi cabeza corría igual suerte que el pequeño dragón.

Empezaba a sospechar que aquel triciclo motorizado y con una frágil cabina anexionada había sido la peor alternativa para regresar al hotel desde el barrio de Patpong, en Bangkok. No obstante, también había sido la única. Patpong es el caos y encontrar allí un taxi resulta poco menos que imposible. Es el barrio nocturno de la ciudad: clubes, bares musicales, garitos sin oficio ni beneficio, mercadillos callejeros y carritos de comida donde encontrar desde bolas de pescado fritas en aceite recalentado a ristras de grillos asados.

Un silbido bastó para llamar la atención del conductor. “Voy a Khaosan road”, dije. “¡300 baths!”, dijo él, unos tres euros. Igual que con los taxis convencionales, el regateo resulta inevitable. Tras los cinco minutos de rigor, acordamos 150 baths La mitad del precio inicial. Los destellos de las luces se sucedían uno tras otro a una velocidad vertiginosa, el chofer zigzagueaba entre los automóviles y yo temía que la cabina saliera disparada de un momento a otro.

El conductor, a pesar de chapurrear a duras penas el inglés, mantenía su cabeza girada permanentemente para charlar conmigo. “¿Qué tal la ciudad? ¿Guapas chicas, verdad?”. Únicamente, miraba al frente cuando el estruendo de un claxon lo exigía. La peor opción para mi integridad física, pensé, la mejor para esquivar el intenso tráfico de Bangkok.

Llegué al hostal a los pocos minutos con media sonrisa esbozándose en mi rostro. En el fondo, todo aquello había resultado divertido. Aboné el importe y me despedí. “¡Ey!”, me gritó el chofer cuando me disponía a entrar en el motel. Me acerqué. “¿Quieres algo de opio?”, preguntó con voz queda. Descubrí a los pocos días que esa especie de pluriempleo era tan usual entre los conductores de tuk tuk, como los socavones en las calzadas de Bangkok.

martes, 24 de julio de 2007

Esto no es China


Esto no es China, señores. Ni Cuba ni Marruecos, afortunadamente, en lo que a libertad de expresión se refiere. O, al menos, no debería.


Nadie, absolutamente nadie deber tener el poder de secuestrar un medio de comunicación a las primeras de cambio. Y menos por una portada como la que arriba les muestro. Portada, por otro lado, que se me antoja burda y, de verdad, sin gracia ni enjundia alguna. Y ahora no me jodan, cuando me mamo suelo cantar el Himno de Riego y lanzar vítores a la II República en plena calle, que ya me dirán....


Como les digo, nadie debería tener esa facilidad para prohibir la venta de un medio escrito y censurar, además, su página en la red. La libertad de expresión tiene unos límites, me enseñaron en la facultad. Cuando se emplea para injuriar o levantar falsos testimonios, por ejemplo. En esos casos, y no entro si el de El Jueves es uno de ellos, la Justicia está para sancionar y condenar a los responsables de la pieza periodística o del medio. Jamás se debería mandar a los cuerpos policiales a requisar los ejemplares de un medio escrito a los quioscos. Esos tiempos ya pasaron y, sobre todo como periodista, me siento afortunado de no haberlos vivido.

martes, 17 de julio de 2007

Nuestro hombre en Laos

La operación Penalty, coordinada por el Cuerpo Nacional de Policía e Interpol, culminó hace unos días con 66 detenidos y con 48 millones de imágenes requisadas, entre vídeos y fotografías, de pornografía infantil. Leo en la prensa declaraciones del director general de la Policía española, Joan Mesquida. Dice que la colaboración ciudadana, la de usuarios de internet, es fundamental para que este tipo de operativos lleguen a buen puerto. En este caso, además de las denuncias de varias ONG que luchan contra los abusos sexuales a menores de edad, también recibieron las de gente anónima. Internautas al acecho de descargas procaces como las 5.000 que se registraron en nuestro país relacionadas con esta investigación.

Irremediablemente me he acordado de Quique. Un viejo amigo que murió igual que vivió, sin molestar a nadie. Se lo llevó hace unos años un cáncer, aunque nunca supimos muy bien qué tipo de cáncer. El muy cabrón se largó a Granada en cuanto lo supo. A morir en su tierra, a quedarse con los suyos.

Trabajaba en el Instituto Anatómico Forense de Barcelona. Las jornadas maratonianas, diez o doce horas sin comer, las culminaba a las ocho de la tarde en el último escabel de nuestro bar del Paseo del Borne, cuando el barrio valía aún la pena y no había sido tomado por la marabunta de gilipollas que hoy pululan por allí. Bebía cerveza a raudales y fumaba como lavandera mueca. No comía o, si lo hacía, era una única vez al día. Sospechamos de que, en realidad, no lo mató el cáncer, sino la quimioterapia. Demasiado escuálido y endeble para soportar tanto químico concentrado.

Alto, flaco y con cara de viejo lobo guasón mantenía que era forense; pero todos sabíamos que eso ano era así, que era auxiliar de laboratorio y que, en lugar de realizar autopsias de esas que salen hoy en la tele, analizaba pequeñas muestras de tejidos en los anticuados microscopios del Instituto. Pero Quique era mitómano, o casi. Mentía con una facilidad pasmosa, hasta divertida, si me apuran, cuando uno ya sabía de qué iba el cuento. Según Nuño, su apellido, él investigó el triple crimen de Alcásser, estuvo de copas con el Príncipe de Asturias cuando éste estudiaba en la Academia Militar de Zaragoza, analizó muestras de seres extraterrestres y participó en no sé qué Olimpiadas en el equipo español de aikido. Cuando el aikido, creo, jamás ha sido deporte olímpico.

Te soltaba una de esas mentiras como un latigazo. De golpe y sin avisar, el muy cabrón. Y lo mirabas con cara de gilipollas, con un esbozo de sonrisa confusa y preguntándote que cómo es posible que te estuviera contando semejante payasada. Él te mantenía la mirada, serio. Muy serio. Quieto. Para luego asentir lentamente con la cabeza, mientras sonreía con la boca torcida. Optabas por creerle. Adicto a la red, mantenía su ordenador encendido 24 horas al día descargando archivos de abusos a menores porque así se investigaba sobre nuevos enlaces y sitios en internet de pornografía infantil, y también así se daban los primeros pasos para capturar a los que estaban detrás de todas esa mafias. También quisimos creerle.

La creías porque siempre estuvo ahí, poniendo oreja cuando era necesario o prestándote unos billetes cuando andabas tieso de viruta, a pesar del mísero sueldo que le pagaba Interior. La puerta de su casa siempre estuvo abierta para nosotros. De hecho, se convirtió en la mía cuando abandoné mi primer hogar fuera del paterno un mes antes de viajar a Colombia. Él estaba de vacaciones y me confió las llaves sin mayores palabras que "no hace falta que la limpies cuando te vayas, ya contrataré a alguien cuando vuelva". Nos reíamos con él. Además, siempre daba la cara por uno, sin importarle demasiado si uno tenía razón o no, o si había metido la pata hasta las cejas. Se la jugaba por ti por el simple hecho de considerarse un amigo. Lo era. Por eso quiero creer que Quique no murió, que nos volvió a engañar a todos y que ahora pasa los días en antros y burdeles de Vientiane investigando para los servicios de inteligencia del Ministerio del Interior.

lunes, 9 de julio de 2007

Olores


Los olores me permiten recordar mejor las cosas. Un olor, un aroma, me trae recuerdos de una manera mucho más intensa que una imagen o una canción. Tengo una fotografía sobre uno de los muebles de mi estudio en la que aparezco remando de pie en la Ensenada de Utría, en el Chocó. Pero lo que realmente me transporta de nuevo allí es el olor a gasolina. La misma que usaban los motores de las barcazas de madera que empleábamos para desplazarnos de un sitio a otro.

El intenso olor a combustible lo tengo ligado al día en que Emiro y Tulungo pararon el motor del viejo bote en mitad del Pacífico esperando a que un ballenato emergiera para expulsar un chorro de agua. Y yo, que quieren que les diga, me sentí Ismael por un segundo.

En unas semanas vuelvo a Colombia. Y quiero volver a oler el aceite recalentado de las empanadas de la 10 de Medallo, el humo de los carros en los aledaños de El Hueco, la gasolina en la costa de La Guajira y, por supuesto, también el olor del que te impregna el Antioqueño y el de los cigarrillos de marihuana de Barrrio Antioquia. Además de sentir el aroma de la brisa del mar Caribe, cuando estemos sentados sobre la muralla de la ciudad vieja de Cartagena de Indias descorchando una botella de vino tinto. Esta vez, español.

jueves, 5 de julio de 2007

Bienvenidos a Yemen

"Pensé que secuestraban, no que mataban", decía hace poco una de las turistas que ha salido casi ilesa del reciente atentado en Yemen. "Si nos hubiesen dicho que era tan peligroso, no hubiéramos ido", añadía.

Querida, me parece usted una imbécil soberana. Imbécil por varias razones. La primera, por no informarse antes sobre el destino al que viajó. De entrada, Exteriores desaconseja pasar las vacaciones en ese país. A poco que hubiera investigado, se habría percatado de que, tal y como está el panorama político internacional, no es un buen lugar para irse a descansar. Allí, Al Qaeda también tiene células activas. Además, habitan numerosas tribus y clanes que suelen secuestrar a turistas occidentales para conseguir un trato de favor del Gobierno yemení. Si con todo eso sigue pensando que secuestran; pero no matan, es que es usted más imbécil de lo que me parecía.

La segunda. Tal vez usted sí se informó y, aún así, optó por viajar. ¿Por qué se lamenta ahora? Asuma y sea consecuente. Yemen es un país hermoso; pero tiene sus riesgos. Como muchos otros. Cuando se opta -y allá cada cual con sus razones- por pasar un mes en Colombia, una semana en Israel o largarse a Kenia de luna de miel a sabiendas de los riesgos que conllevan esos viajes, es absurdo (o, al menos, así me lo parece a mí) lamentar hasta la indignación que te secuestre una guerrilla y te meta un bala en la nuca después de cobrar tres o cuatro veces tu rescate, un suicida vuele el garito de la calle Jaffa de Jerusalén cuando estás tomando una copa dentro o el motor de la avioneta en la que viajas se quede parado a medio vuelo.

Por eso, le digo que deje de una vez de lloriquear y asuma la maldita realidad, querida.

miércoles, 27 de junio de 2007

Kosovo

No soy experto en conflictos internacionales. Estudié periodismo en este país, con lo cual, mi grado de analfabetismo es considerable. No soy, les repito, experto en política internacional y tampoco participaré jamás, creo, en tertulias radiofónicas donde todos saben de todo. A pesar de ello, procuro que no me tomen el pelo.

Hace unos días le dieron matarile a seis miembros del ejército español. Qué quieren, ser soldado tiene sus riesgos. Claro que podrían ser menos si el Ministerio de Defensa equipara como es debido a los militares. Ya saben, inhibidores de frecuencia en los vehículos, armamento moderno y chalecos antibalas para que los batallones en Kabul no se los tengan que rifar cada vez que salen a patrullar.

El caso es que episodios tan funestos como este son aprovechados por unos y por otros para seguir lanzándose afilados dardos. "Vaya, ustedes, los del no a la guerra de Irak, siguen en Afganistán y en Libano", dicen unos. "Pero es que estas misiones de paz (¿alguien se sigue creyendo este estúpido eufemismo?) están bajo el amparo de la ONU", responden los otros. Pero la derecha vuelve al ataque y espeta: "sí, estas sí; pero la de Kosovo no".

Eso hace que me revuelva incómodo en el asiento. En efecto, no tenía el amparo de la ONU; pero sí tenía el respaldo de la OTAN, que, seamos serios, es una entidad con algo más de peso que el Trío de las Azores, en el que uno de los vértices era el presidente de España, país a la cola de Europa y con nulo peso internacional.

No comparen Kosovo con Irak. El país árabe se invadió bajo el pretexto de la existencia de armas de destrución masiva. Armas que, con Hussein ya colgado, todavía no se han hallado, seguramente porque no han existido nunca. Hasta el mismo Bush ha reconocido la falsedad de los informes que le llevaron a dicha premisa.

La guerra contra las fuerzas serbias que estaban invadiendo Kosovo se decidió después de ver como Milosevic se sentaba una y otra vez en la mesa de negociaciones en París, creo recordar, mientras su ejército seguía degollando a albanokosovares y violando a sus mujeres delante de sus hijos. No me jodan, no es lo mismo.

La OTAN cometió errores imperdonables. Murieron muchos civiles que fueron confundidos con objetivos militares: filas de refugiados o la embajada china, por ejemplo. Imperdonable. Pero mientras hoy Kosovo busca su independencia, aunque quede en autonomía, de Serbia en las urnas, Irak sigue sumido en una guerra a tres bandas: marines, militares y policía iraquí e insurgencia. Y es que a estas alturas la población ha reconocido que a pesar de todo, con Hussein vivían mejor que tras la guerra de liberación del maldito Tío Sam.

lunes, 25 de junio de 2007

Dos décadas de replicantes

He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

domingo, 24 de junio de 2007

Los restos del naufragio


Barceloneta, mañana de San Juan. Latas vacías. Magreos rebozados en arena. Ojeras. Mandíbulas desencajadas. El abrazo de Caty y el despecho del gordo Adrián. Pitillo arrugado. Cerveza fresquita de un "paki" amable. Risas y de fondo Led Zeppelin, ya en casa. Al despertar, los restos del naufragio: una botella vacía de Jack Daniels tirada en el suelo, discos compactos repartidos por la mesa, olor a tabaco y el feliz hallazgo de una bolsa plástica casi llena de marihuana.

miércoles, 20 de junio de 2007

Somos de barrio


... y eso nos gusta, ¡qué coño!

El primo Mercé


Anoche fui a ver a Mercé, José. Cantaor. No tengo ni idea de flamenco; pero fui a su concierto en el Palau de la Música Catalana. Esa joya de la que nos jactamos y de la que presumimos hasta la insolencia los barceloneses. Al menos, yo lo hago (prefiero presumir de eso que del Sónar o de que somos la capital del diseño... disculpen, que me da la risa).

Como les digo, nada sé de flamenco. Soy incapaz de distinguir entre unas seguidillas y unas alegrías, desconozco la urdimbre de un fandango o cómo se acompaña con las palmas unas bulerías. No obstante, fue un placer verlo cantar, palmear y hasta arrancarse en un zapateao.
No entiendo; pero me gusta esa voz de aguardentero que posee. No entiendo; pero le seguía, de vez en cuando, con los pies, el ritmo al cajón o me erguía en mi asiento con la guitarra. En tramos del concierto me venía a la cabeza, no sé por qué -o sí-, el Albaicín de Granada o las casetas gitanas de las ferias que tan bien he conocido en Extremadura. No entiendo; pero hubo temas que me recordaron, en parte, de donde viene mi familia y en el último -Al alba-, se me erizó inevitablemente la piel. Pero, a lo mejor, entender el flamenco también se trata de eso.

Siempre es un gusto ver actuar a tipos como Mercé en esa sala. Un palmeo canalla en la solemnidad del Palau no tiene precio. Luego está el público, mucho tatuaje y cordones de oro. Mercé, sofocado por los cañones de luz, se da aire en la silla con las solapas de la chaqueta negra. Las coloca de nuevo sobre su pecho y, con el dorso de sus manos, libera su cabellera cana del cuello de la prenda mientras echa para atrás su cabeza y resopla. Entonces, con el Palau en silencio y a la espera de un fandango, se oye una voz de carraca vieja que dice: Jozé, ni en Chipiona ha tenío tú tanta caló. Que digo yo, que olé.

martes, 12 de junio de 2007

La primera y última misión de Elsa Serfass

Elsa Serfass tenía 27 años y toda ilusión del mundo puesta en su trabajo el día en que la mataron. Cumplía su primera misión como logista para Médicos Sin Fronteras (MSF) en Paoua, noroeste de la República Centroafricana (RCA), cuando recibió un balazo.

Paoua se encuentra inmersa en un conflicto entre guerrillas rebeldes y las Fuerzas Armadas del país. Además, los actos de bandidaje y pillaje son frecuentes debido a la inestabilidad del lugar. MSF había tenido noticias de la deplorable situación sanitaria de la zona y había decidido enviar un convoy para evaluar el área. Durante el reconocimiento, el vehículo de la organización recibió una serie de disparos de los que Serfass resultó mortalmente herida.

No soy de los que encumbra, martiriza e idolatra a humanitarios, reporteros de guerra o misioneros que mueren mientras realizan su trabajo. Conocen cuál es su profesión y qué riesgos comporta. Los asumen y saben que algún día pueden caer en acto de servicio. Hacen su trabajo a sabiendas de que no cambiarán las cosas, que la objetividad es un camelo o que dios, a lo mejor -después de ver tanta mierda- , es un maldito cuento chino. Realizan su labor en las zonas más cruentas del globo porque saben que el civil es siempre el más perjudicado, porque quieren estar en primera línea de las páginas de internacional que marcarán la historia o porque les satisface sobremanera ayudar al prójimo. Y les importa un carajo que se les recuerde o no cuando palmen.

No obstante, cuando los ataques a humanitarios, en concreto, y a ONG, en general, vienen generados por la injerencia en su labor de los ejércitos de países supuestamente democráticos y que interpretan el papel del "séptimo de caballería" en un conflicto determinado, la cosa cambia. Los ejércitos, y, en eso, el de nuestro país -qué quieren que les diga- se lleva la palma, están enarbolando, ahora mas que nunca, la bandera del humanitarismo para ocupar el territorio que las ONG han ido ganando.

Ejércitos de Estados Unidos, España, Inglaterra o Australia califican de misiones humanitarias lo que en realidad son incursiones en territorio hostil. "Es mucho más fácil asentarse en una zona controlada por milicias rebeldes entrando repartiendo mantas, que dando tiros", me decía hace un par de días una compañera de Serfass. Lo peor es que, al cabo del tiempo, las mantas dejan de repartirse para repartir metralla a diestro y siniestro.

"Sucede que en los países en conflicto, a menudo en Oriente, nos engloban a todos los occidentales en el mismo saco, y llegas en el convoy humanitario y te reciben a balazos", corrobora la presidenta de MSF, Paula Farias. En este sentido, el director de la misma organización, Aitor Zabalgogeazkoa, explicaba como los habitantes de un pequeño poblado al norte de Afganistán huyeron despavoridos cuando entró en el pueblo la caravana de MSF. "Es que vuestros coches son iguales que los de las UN (los inconfundibles 4X4 que emplean los Cascos Azules de las Naciones Unidas)", dijeron los moradores del lugar una vez aclarada la confusión.

Así, no es extraño que los ataques a las organizaciones humanitarias aumenten cada vez más y muchas de ellas dejen de actuar en las zonas que más se necesita porque no hay manera de garantizar mínimamente la vida de los trabajadores. "Nos fuimos de Irak, en parte, porque el ejército de Estados Unidos no nos dejaba trabajar como se debe", dice la directora general de Intermon Oxfam, Ariane Arpa. Pero eso, me temo, merece un texto a parte.

lunes, 11 de junio de 2007

Las muertes de Tirofijo




leído en www.farcep.org


Su muerte según las noticias que circulan en los medios de comunicación, en los cuarteles y en las altas esferas del gobierno, pudo ocurrir en uno de los días finales de octubre o en los primeros días de noviembre de 1965, en las horas de la mañana, en las horas de la tarde.


Según versión del corresponsal de El Tiempo en Neiva, Tirofijo fue herido desde un avión. El brazo le quedó inútil por la rotura de las articulaciones y el destrozo de los músculos. Tirofijo continuó entre el monte, y en contacto de fuego con tropas de tierra y fue alcanzado en una pierna por una ráfaga de fusil ametralladora. El encuentro ocurrió posiblemente en la zona de La Estrella, municipio de Ataco, Tolima. Sin drogas, ni elementos de curación, la pierna se gangrenó y la cuadrilla de antisociales después de errar por la serranía, resolvió buscar las cabeceras del río Atá, llevando en parihuela a Tirofijo.



Al occidente de la hacienda La Trigueña, la cuadrilla hizo un alto en su largo viaje y reposó en un rancho abandonado. Allí Tirofijo ordenó a sus hombres internarlo en un monte más espeso y abandonarlo, diciendo que su muerte era inminente y no debía él ser un estorbo para sus hombres. La cuadrilla no obedeció y continuó la marcha con lentitud.


"… la cuadrilla estaba integrada por 20 hombres heridos en su mayor parte, esqueléticos, hambreados, descalzos, con ropas convertidas en andrajos, en tal forma que con bejucos habían anudado los pedazos de tela de lo que fuera camisa y pantalones".
"Hay en este relato campesino un nombre geográfico, ambiguo e impreciso. La cuadrilla, dice la narración, hablaba de las cabeceras de 'Chiquilla' o 'Siquilá'. Pero se ignora si es un lugar de refugio o es un nombre simbólico dentro del argot bandolero".
"¿Con quién dialogó Tirofijo allí, ya moribundo y seguro de su muerte inmediata? ¿Cómo pudo la versión de este episodio salir del monte y llegar a la ciudad? ¿Por qué Tirofijo narró, allí en el rancho, cómo y cuándo había sido herido en el brazo y en la pierna y en medio de los agudos dolores solicitaba a sus hombres que lo tiraran al monte y se salvaran ellos?".

"Varios informadores -afirmó el coronel Currea Cubides- me han dicho que pueden localizar el sitio donde está enterrado Tirofijo, y ellos están en camino hacia aquel lugar, aunque la tarea es difícil por la topografía hostil y las dificultades de la marcha…". Insistió el coronel que "la recompensa ofrecida se entregará cuando se identifique el cadáver".


Los buscadores del cadáver de Marulanda salieron de madrugada para no perder tiempo. En la mirada portaban como señal, la imagen de un árbol conocido como la Ceiba Madre, que según los rumores que salieron de la montaña, había servido para que Marulanda descansara la dolorosa agonía, que había durado los últimos días de octubre y alcanzado algunos días del mes de noviembre. Ninguno de los hombres conocía el sitio preciso en que habitaba la Ceiba Madre.



Conocían de la Ceiba Madre algunas referencias: Ceiba de enorme sombra por su frondosa hojarasca y de tronco hueco que servía como refugio, hueco en el cual tres hombres juntos podían dormir en la noche; Ceiba anhelada por los hombres perdidos en la montaña, pues se conocía que en sus adentros no sólo encontrarían refugio, sino también leña seca para prender candela. Una Ceiba de tal naturaleza no era tan fácil localizar, más cuando en sus entrañas se ocultaba el cadáver del hombre que ansiosamente buscaban. Para ellos, no era simple cuestión de avaricia por el dinero de la recompensa, fe tesonera que moviliza los pensamientos de los hombres. Ellos, los buscadores del cadáver perdido, también vivían el deseo iluso de volverse hombres importantes ante la opinión pública por tan extraordinario hallazgo, en caso de lograrlo.
La duda era si aún se encontraba como un cuerpo insepulto, lo que podía ser posible por el frío húmedo de la montaña, que conservaba incluso, cuerpos intactos de animales muertos dos o tres años atrás. Unos opinaban que finalmente, encontrarían un esqueleto crecido en maleza, florecido en musgos, camino de hormigas arrieras, difícil de reconocerlo. Pero el más experimentado buscador de cadáveres, dijo que no era necesario preocuparse por cuestión tan baladí, pues él había conocido a Marulanda en vida y podía identificarlo por sus ropas, y quizás por algún rasgo físico que se conservara en sus huesos, y sobre todo, por sus dedos disparadores.
De camino los confundió la niebla espesa, al ocultar a mitad del día el rostro del sol. Dieron vueltas hasta que les llegó la noche como pesado fardo sobre los hombros. Acosados por la prisa madrugaron tras el trillo grande, que parecía una trocha abierta por un grupo de hombres en trashumancia. Al perder el trillo, caminaron bajo la lluvia intensa que cubrió de frío sus ánimos y sus cuerpos de pies a cabeza. En la tarde encontraron un árbol que imaginaron era la Madre Ceiba, por el abrazo supremo de los ramajes, por la corpulencia del tronco, por la quietud avasallante de su presencia. Pero en el tronco no encontraron hueco, tampoco encontraron el cadáver. Desconsolados pensaron que había sido un viejo ardid de un hombre astuto como Marulanda, que en las fiebres de su agonía, había previsto que después de muerto, algunos hombres intentarían buscar su cadáver. Entonces precavido, había ordenado a los suyos que cuidadosamente cubrieran el hueco de la Ceiba con la corteza desprendida de otros árboles, para evitar la profanación de su tumba. Los hombres observaron el tronco, pero no encontraron cicatrices de grietas de su profundo hueco. Con piedras golpearon la corteza para escuchar el sonido hueco que pudiera orientarlos y sólo vieron señales de cansancio en sus rostros.



Uno de los hombres gritó que había encontrado otra Ceiba igual. Un segundo gritó que había encontrado otra similar. Pero ninguna con la señal de hondura profunda en el tronco. Y no fue una alucinación, menos un espejismo lo que vieron en la languidez de sus miradas: los árboles con el avance y cubrimiento de la niebla, enflaquecieron en los troncos hasta convertirse en un nudo de enredaderas, infranqueable, que finalmente les impedía seguir el camino. El hombre más decidido en la búsqueda de cadáveres, ordenó silencio: dijo que le parecía haber escuchado el ruido de un hombre macheteando, monte adentro. Siguieron el ruido del macheteo, pero nunca pudieron alcanzar al dueño del ruido. El cadáver de Marulanda continuaba huyendo. Sus buscadores ya cansados por el trajinar del día, se dieron un abrazo de tristeza).


En El Espacio, periódico capitalino, durante tres días en el mes de noviembre de 1970, se insistió en la publicación de diversas crónicas sobre el rumor de la muerte de Manuel Marulanda Vélez, en un enfrentamiento con tropas regulares. La noticia daba detalles fidedignos de cómo habían ocurrido los hechos: en el combate murieron cinco de sus hombres y Marulanda había logrado escapar solitario, mortalmente herido en el pecho y en la pierna derecha. Tropas especializadas del ejército estaban detrás de las huellas de su sangre y pronto encontrarían el cuerpo desangrándose. Por la continuidad de las noticias, el rumor creció y terminó por configurar en la opinión pública, su total veracidad.


Uno de los hombres se agachó y observó detenidamente una mancha negruzca en la tierra, recogió un terrón y lo frotó en las manos como dándose calor, luego escupió dos o tres veces sobre el terrón, se mordió los labios y cuando terminó de frotarlo, dijo, pleno de seguridad en la mirada: es la sangre de Tirofijo. Yo conozco su sangre... No debe andar muy lejos. En marcha...


El Manuel Marulanda que ha estado firmando comunicados en nombre de las FARC no es el auténtico Tirofijo, sostiene Víctor Mosquera Cháux en el periódico El Siglo del 13 de junio de 1983. El expresidente de la República, dijo al periodista "que él conoció muy bien a Tirofijo cuando era gobernador del Cauca, época en que también se adelantaban gestiones de paz… "El hombre que han presentado en las fotos como Manuel Marulanda no es Tirofijo, dijo el legislador caucano, quien hizo esa manifestación con completos ademanes de seguridad …".
Ante las afirmaciones de Mosquera Cháux, el presidente encargado de la Comisión de Paz, John Agudelo Ríos, expidió la siguiente declaración: "Para los miembros de la Comisión de Paz no cabe duda de que Manuel Marulanda Vélez vive y que con él sostuvieron, en enero de este año, las conversaciones de paz que el país conoce".


Y la otra vez lo mataron las congas, gigantes hormigas de color negro y aguijón de veneno. Como no lo pudieron matar los operativos, ni los bombardeos de la aviación, ni el fuego mortal de los cercos militares, imaginaron su muerte en un ataque sorpresivo de congas iracundas en las selvas del Caquetá. Para un conocedor de estas hormigas la versión del diario El Tiempo de Bogotá no podía ser del todo descabellada. Si el aguijonazo de una sola, además del terrible dolor, provoca oleadas de fiebre, parálisis, espasmos y ganas de morir, un ataque en masa, como suele ser el de las congas, sería el suplicio, y también la muerte.


Decía El Tiempo de los Santos, que luego de varios días de deambular en agonía por las selvas inhóspitas del sur, cargado unas veces en camilla y otras en hamaca, Marulanda había expirado bajo el manto verde, alelado en la visión de su entrada triunfal a Bogotá al frente de sus huestes guerrilleras.


Pero esa historia se desvaneció en el fragor de los combates del sur, del oriente y del noroccidente… Todos supieron que seguía vivo cuando reapareció hablando de paz y de canje de prisioneros. La guerrilla tenía en su poder a 500 militares capturados en combate.
La última vez que fue visto Marulanda fue aquella tarde de fuego del Caguán, en las postrimerías de los diálogos de paz, cuando al despedirse de los periodistas que lo cercaban con sus preguntas, micrófonos y cámaras, les dijo con su refinado humor de siempre: "me voy porque está cayendo la noche, y como ustedes saben, por aquí hay mucha guerrilla".

Su muerte más reciente tuvo lugar en una crónica de la periodista Patricia Lara, en la que afirmaba con toda certeza y aguda intuición, que había muerto de cáncer de próstata. Relató los angustiosos e inútiles esfuerzos de sus compañeros de ideas y de armas por embarcarlo en un avión ambulancia que lo llevara hasta Cuba. Murió en el intento, dijo Patricia. Muerto de la risa Manuel Marulanda lo leyó en la montaña.


La próxima vez Manuel vendrá, estamos seguros, trayendo en sus cananas la nueva alborada del triunfo de este pueblo, llamado Colombia por Bolívar.

jueves, 31 de mayo de 2007

Diarios de Filipinas


El Skeleton es uno de los barcos que la US Navy hundió en aguas de la isla de Coron, durante la II Guerra Mundial. Era una pequeña fragata militar japonesa. Los nipones invadieron las Filipinas durante la contienda aprovechando la excesiva confianza del general Douglas MacArthur. "Esos japoneses no se atreverán a invadir el país", dijo. O así. Pero sí, lo invadieron. Y el gobierno gringo obligó a MacArthur a retirarse a Australia.


"I shall return" (volveré), dijo el general ya desde la distancia. Y volvió. En 1945. Y a los marinos nipones les dieron hasta en el cielo de la boca. Sin embargo, resistieron. Una vez se ocultaron selva adentro, los marines no tuvieron nada qué hacer.


Sea como fuere, hasta once buques de la armada japonesa permanecen hundidos en el Mar del Sur de la China, cubiertos de corales y oxidados hasta las entrañas. Esta mañana, nade y buceé sobre el Skeleton. Luego, al rato. Bajé ocho metros a pulmón y toqué parte de su quilla destrozada. Se levantó una nube de arena, algas y óxido y un pez de colores pasó fugaz ante mí. Esta mañana, acaricié, en Filipinas, un pedazo de historia.


Coron Town, Busuanga (Palawan)
25/7/2006, Filipinas

miércoles, 30 de mayo de 2007

De aromas, espumas y texturas

Hace poco visitaron mi ciudad unos viejos y bonísimos amigos míos. Pareja. Universitaria, ella; abogado él. De provincia (un pequeño pueblo de Extremadura). Él tiene un despacho junto a la vivienda de su chica, su medio esposa, en el que despacha pleitos relacionados con tierras, cultivos y ganado. Mucha pasta, se lo aseguro. "Tienes pinta de señorito de cortijo andaluz", le dije en cuanto lo vi, cinco años después de la última vez.

Quedamos para cenar. Opté por uno de esos restaurantes esnob de Barcelona (realmente, a estas alturas, es difícil encontrar uno que no lo sea). A pesar de ello, me lo habían recomendado encarecidamente un par de conocidos y amantes de la buena cocina. Esto último, por un lado, y la opción de cenar en un lugar que resultara distinto a los que ellos frecuentan en su tierra, por otro, hizo que me la jugara llevándolos al restorán recomendado.

Encontré la comida tan exquisita como escasa. Ellos la encontraron tan sólo curiosa en su sabor, también escasa en su cantidad y, además, tremendamente complicada y extraña en su elaboración. "Cuando leímos revuelto de espárragos -dijeron- pensamos en un plato de trigueros, ajos y huevo. Todo junto. No tres espárragos rebozados en una especie de harina con algo de sabor a huevo". En ese momento, supe que había metido la pata.

Me puse en el lugar de mis amigos cuando nos sirvieron los segundos. Un plato con cinco raviolis rellenos de espinacas y gorgonzola, uno más con un solomillo de cinco centímetros por ocho y tres rodajas de patata al horno y , el último, -textura de ventresca, decía la carta- una pequeña tira de siete centímetros de largo por dos de ancho, absolutamente cruda y con la única guarnición de una ramita de romero. Comparé todo eso con las costillas de cabrito, la caldereta o un plato de pata negra, vino y pan, y lo supe de nuevo: Ivancho, la has cagado, colega.

El postre, para ellos, fue, a esas alturas, de risa. Espuma de aire de chocolate, mousse de fresas y frutos rojos y bizcocho de terciopelo (lo juro por mis muertos más frescos). Riquísimos; pero difíciles de compartir. Fueron servidos en tres pequeñas cucharillas de plástico negro. De diseño, eso sí.

"Todo muy rico, sí. Algo extraño, aunque no estaba mal. Gracias por la invitación, amigo; pero ¿siempre sirven tan poca cantidad en los restaurantes de Barcelona?". Sospecho que antes de llegar al hotel asaltaron alguno de los establecimientos de kebabs que había por el camino.

Al día siguiente, los lleve a comer a un pizzería. Y, oigan, quedaron la mar de contentos. Los acompañé a la estación de autobuses, después, y, mientras se despedían por la ventanilla como dos críos pequeños, pensé en cuanta razón tenían la noche anterior. Si es que en esta ciudad, donde todo es sushi y sashimi, ya no hay quien encuentre un bar donde pida un quinto y unas rabas y le entiendan.

martes, 22 de mayo de 2007

La desagradable verborrea del cónsul

Hasta hace unos pocos días, todavía creía (ingenuo de mí) que la mala educación en el funcionariado era endémica y exclusiva de mi país. Lo de endémica lo mantengo, ¡qué diablos! Y no sólo en la administración pública, también en camareros (de diseño o no), cajeras de supermercado y casi cualquiera que se encuentre al otro lado de un mostrador o una barra, con excepción de los libreros.

Les sitúo: lunes por la mañana, en el despacho del cónsul de un país de América del sur. Doy pistas de la nacionalidad del diplomático porque los latinoamericanos que trabajan de cara al público acostumbran a tener un trato y paciencia exquisitos con el que les solicita información o algún producto para su compra. Que quede claro. Más que nada por los cantamañanas de lo políticamente correcto que puedan leer estas líneas.

Consulado, como les digo, de país latino. La visita se debía a un reportaje acerca de cómo ven los inmigrantes (personas migradas, dirían los soplacirios de los que les hablaba anteriormente) mi ciudad: Barcelona. En un inicio, me mosqueó que el fulano no me estrechara la mano antes de que tomara asiento y que ni me mirara a la cara cuando me entregaba una de sus tarjetas de contacto. Lo atribuí rápidamente a un flujo extremo de trabajo, pues luego, al momento, me saludo en tono agradable y conciliador. "Demasiado conciliador", pensé mientras volvía a mosquearme.

El tipo, grandote, tripón y con un soberano Rolex en su muñeca izquierda, enumeraba los puntos positivos de la urbe: arquitectura envidiable, ciudad del diseño, oferta inmejorable en cuanto a museos, etc. Totalmente de acuerdo, aunque no sé hasta que punto es una ventaja la vorágine de diseño en la que nos están metiendo; pero ese es otro tema. El cónsul, que a esas alturas me trataba poco menos que como a un hijo -repitiendo mi nombre dos veces en cada frase, una al inicio y la otra al final, ya saben, como un cuñado pesado y comercial de profesión- me habló también de las cosas menos agradables de Barcelona.

Según el diplomático, nos hemos vendido al turismo barato. El de paella, sangría y sexo en Lloret de Mar. Qué quieren que les diga, lo suscribo. Paseen sino por la calle Ferran: huele a hamburguesa y a fritanga. Añadió que roban muchísimo y que es una ciudad muy sucia, fruto, en parte, -sólo en parte- de ese turismo infame al que estamos expuestos. Iba a pasar a otro tema como perro con el rabo entre las patas, pues, a pesar de todo, quiero mucho a mi ciudad, cuando él tipo me interrumpió.

Se recostó sobre su amplia silla de oficina y, tras aspirar hondamente, me dijo. "Ivan, ¿sabe usted una cosa...? Escuche lo que le digo, querido Ivan". Se incorporó, apoyó sus codos sobre la mesa de madera y miró fugazmente su reloj. "Además, se les está llenando la ciudad de maricones", me espetó sin mirarme. "No es que yo esté en contra, ya sabe. Pero, hombre, no se puede promocionar la ciudad para que se llene de esta gente. ¡Y tengo muchos amigos maricones! Cada cual que haga lo que quiera; pero no en plena calle, que para eso tienen sus bares y sus cosas". Y se quedó allí, recostado de nuevo en su sofá, mirándome con cara de indignación suprema.

Salí de su despacho preguntándome qué era, en ese caso, lo grave: la forma o el contenido. Sin duda, ambos. Pero entendí que esas ideas en un tipo confeso de "derechas y conservador" eran, desgraciadamente, de lo más común. Lo malo es que, ocupando la poltrona de un consulado, haya un fulano capaz de despreciar a los homosexuales llamándolos maricones y a relegarlos a sus casas o a determinados bares y discotecas. Capaz de pensar que debería estar prohibido que dos hombres se besen en la calle o se cojan de la mano al cruzar un semáforo. No obstante, lo más jodido de todo este asunto es que todavía haya presidentes que cuenten con individuos de esta calaña en su cuerpo diplomático. Pero como les decía antes: ingenuo de mi.

martes, 8 de mayo de 2007

La historia de Du'a Khalil Aswad

Uno se cree curado de espanto; pero no. Abre un periódico, enciende el televisor y lee o ve noticias que le repugnan. La ultima, ayer. Apedreada hasta la muerte titulaba El País la terrible historia de una cría de 17 años en el norte de Irak.

Du'a Khalil Aswad se había enamorado. Lo había hecho de otro joven, también menor de edad, un chaval sunní. En medio de esa casa de putas en que los gringos han convertido el país, los chavales se habían enamorado hasta las cachas. El caso es que ella pertenecía a una minoría religiosa, los yazidí o, traducido, los adoradores del Diablo. Según el rotativo, devotos de una creencia que mezcla postulados del cristianismo, del judaísmo y del islam. Qué miedo.

El caso es que la familia andaba algo mosqueada con que la cría andara de carantoñas con un vástago sunní. Deconfiaban y sospechaban hasta tal punto que empezaron a pensar que la joven se había convertido al islam para poder contraer matrimonio con él. Eso no está confirmado, posiblemente nunca lo esté. Pues tras una noche en que ella no apareció por casa -gota que colmó el vaso-, una decena de hombres fueron a su encuentro, entre ellos, varios miembros de su familia y agentes de la ley.

La encontraron de vuelta. Quizás de contar las estrellas mil y una veces antes de caer dormida en el regazo de él en alguna cima del Kurdistán o vayan ustedes a saber. Corrieron hacia ella, la rodearon y la apedrearon. Lapidación por faltar al honor de la familia. Alguno de esos hombres registró las imágenes en un teléfono celular. Imágenes que estuvieron colgadas en youtube.com hasta ayer por la tarde, cuando fueron censuradas.

Son borrosas. Pero no lo suficiente como para no ver un cúmulo de manos arrojando piedras sobre el rostro y la cabeza de la joven. Agazapada en el suelo se tapaba la cara con las manos. En un momento, las retira y su imagen aparece bañada en sangre. Aquellos fulanos continuaban con lo suyo hasta que después de un impacto ella termina por caer desplomada. Muerta, creo.

Las rocas continuaban cayendo y las patadas eran ya continuas. Tras una arremetida, su cuerpo se estremece y pierde la falda. La muchacha queda tendida en el suelo vestida con una camisetilla y unas bragas. En ese momento, uno de los hombres entra en cuadro y cubre su cintura y sus piernas con lo que parece una cazadora. O a lo mejor era la falda extraviada. El resto, una vez tapada, continua apedreándola.

En realidad, fue ese detalle infame lo que hizo que mis tripas se revolvieran del todo.

jueves, 3 de mayo de 2007

Un cuscús frente a la Puerta de Damasco

La conocí hace algunos años en Jerusalén. Entró en la estancia común de la pensión donde me hospedaba -un viejo edificio pegado a las murallas de la ciudad vieja- cargada de mochilas y con una camiseta blanca con las siglas de la organización gubernamental para la que trabajaba entonces impresas en la espalda.
Tú debes ser el periodista que estoy buscando.
Alcé la vista. Era menuda y flaca. Llevaba su cabellera rizada recogida en una coleta, eso hacía resaltar sus ojos vivarachos ya de por sí. Sonrió y me estrechó la mano.

Habíamos hablado antes por teléfono. Proyecto en Oriente Próximo, documentación, conferencias, amigo en común, intercambio de teléfonos, etcétera. Era el contacto ideal en la zona: española, residente desde hacía años en el país y con un alto cargo en una de las ONG más serias del panorama. Así que nos citamos la noche siguiente en un restaurante próximo a la pensión. Una jaima con mesas bajas, cojines y pipas de agua.
Visita los cuatro barrios de la ciudad vieja, me dijo. Empieza habituarte al país... si puedes, bromeó antes de salir a la calle.

Escogió una pequeña mesa con vistas a la Puerta de Damasco. Pedimos dos cervezas (siempre me gustaron las mujeres que beben cerveza), ella optó por un cuscús de pollo y yo la imité. Me habló de la Línea Verde, del Jerusalén Este y del Oeste y de la parte antigua de la ciudad. De como allí, las cosas, mejor o peor, funcionaban a pesar de la mezcla de religiones y razas. Empieza por Belén. Ahora está tranquilo y es poco probable que te encuentres con una escaramuza. Eso sí, respeta el toque de queda. Tienes cara de árabe.

Hablaba gesticulando mucho y enérgicamente. Se indignaba a cada frase cuando me contó las incursiones, unas cuantas cada mes, de los convoyes de su organización en Gaza y Cisjordania. Asomó la rabia a sus ojos cuando me explicó como agarró a un soldado israelí por su chaleco antibalas para que dejara de golpear a una mujer palestina en Hebrón, se mostró impotente al recordar un grupo de críos -no más de once años- esposados por querer saltarse un checkpoint cerrado sólo para ir a la escuela. Y con resignación me contó como a ella y a una compañera, un grupo de chavales con los que Israel nutre su ejército les apuntaron con el laser rojo de su armamento a la cabeza mientras tomaban té en la azotea de una familia palestina, en Nablús.

No creía que las causas perdidas se pudieran recuperar ni quería salvar el mundo. Simplemente, hacía bien su trabajo. Tenía códigos, reglas y vergüenza. Además, era una chica valiente. Ayer, no sé porque razón, me acordé otra vez de ella.

martes, 24 de abril de 2007

A deshora

Llego tarde y a deshora, como casi siempre. No obstante, hoy quisiera enviar un saludo, el día después del Día del Libro.

Un saludo a todos aquellos que embarcaron hace años en La Española en busca del tesoro, mucho antes de enrolarse en el Pequod en busca de la Ballena, con mayúscula. Aquellos que se enamoraron de Lo y enloquecieron, tiempo después, con Amaranta. Y hablando de Lo, también a los pedófilos que murieron en Venecia. Y a "nuestro hombre" en Costaguana. A aquellos a los que exasperó Oliveira y sintieron compasión, una y mil veces, por la denostada Maga. A los que ofrecen instrucciones para subir un escalón y besar.

A los que pelearon por tomar Ilión y a los que resistieron, primero, y murieron, después, en una chabola de Casas Viejas. A Edmundo Dantés. También a los que saben que el comportamiento de un cadáver en el agua es imprevisible y a los que con todo esto encienden la chimenea cada noche al llegar a casa.

lunes, 23 de abril de 2007

Hotel Neri

La plaza de Sant Felip Neri era, hasta hace muy poco, uno de mis lugares favoritos de la ciudad en la que vivo. Ubicada en lo que fue un cementerio medieval era un pequeño y agradable rincón de piedra, antiguo y con mucha historia. Así lo acredita la iglesia del XVIII que se encuentra allí y los huecos de su pared exterior provocados por la metralla de un fatídico bombardeo durante la Guerra Civil Española. Del 36 al 39, para el que no termine de ubicarla. El 30 de enero de 1938, las sirenas sonaron en Barcelona alertando a la población de un bombardeo de las tropas franquistas. De las personas que tomaron la iglesia como refugio murieron 42, 38 fueron niños.

El fin de semana pasado decidí visitarla de nuevo. A pesar de que hacía tiempo que no me acercaba a esa parte de la ciudad, conocía de la construcción, relativamente reciente, de un hotel de lujo. Lo que desconocía era que éste tenía también una terraza que ocupa un cuarto de esa pequeña plaza. Para más escarnio, el sábado se estaba celebrando el aperitivo de una boda (o algo similar) ostentosa y hortera.

Los trajes de colores pastel entallados en enormes caderas de señoronas de alto postín contrastaban con los dos o tres mendigos que frecuentan, cartón de vino barato en mano, los aledaños de la iglesia dedicada al santo italiano. El jolgorio de los invitados había terminado con el silencio que caracterizaba a ese lugar. Miré alrededor y vi colgados varios carteles de pisos en la zona que estaban en venta o en alquiler. Todos, o casi todos, en inglés. Me acerqué a la fuente del centro de la plaza. Estaba seca, sin agua y con dos críos clonados jugando dentro. A juzgar por sus mocasines, también pertenecían al rebaño de invitados al enlace.

Eché luego, antes de dejarlo todo atrás, un vistazo a los precios del hotel. La habitación doble más económica ronda los 225 euros por noche. Ni quiero imaginar lo que debió pagar papá por el picoteo.Ya saben, mucha espuma de sashimi y texturas imposibles. En fin, la Barcelona que estamos construyendo todos. Un burdel apto sólo para enfermos de las últimas tendencias.

jueves, 12 de abril de 2007

Alan Mulally, el hombre que salvo a Bush de una muete ridícula


Según informa la Agencia Efe:


Simplemente quería gastar una broma", lamenta Alan Mulally, consejero delegado de Ford. Este hombre ha tenido que pedir disculpas por "exagerar" la anécdota en la que 'salvó' la vida de Bush, una 'heroica' acción en la que evitó que el presidente conectase un cable al tanque de hidrógeno de un coche.


La historia cuenta que Mulally se saltó el protocolo para evitar esta fatalidad. El consejero delegado desveló la anécdota hace una semana durante el Salón Internacional del Automóvil de Nueva York y poco a poco el asunto ha trascendido hasta el punto que el directivo de Ford ha tenido que emitir un comunicado en el que afirmó que nunca pensó que sería tomada en serio.


"Simplemente pensé, 'Dios mío'. Empecé a caminar más rápido, pero el presidente caminó más rápido y llegó al cordón antes que yo. Violé todos los protocolos. Toqué al presidente. Le agarre por el brazo y lo moví adelante. Quería asegurarme que lo enchufaba a la electricidad, no al hidrógeno", contaba Mulally, según el periódico The Detroit News.


El propio periódico optó por el tono humorístico y encabezó una información el pasado fin de semana diciendo que "Alan Mulally salvó al líder del mundo libre de su sacrificio". Poco después, internet era un hervidero de comentarios sobre la anécdota. Mulally ha reconocido que su comentario humorístico ante la prensa en Nueva York estuvo influido por una parodia en la cadena de televisión ABC que presentaba a Bush conectando un cable eléctrico al tanque de hidrógeno y provocando una explosión.


Ford se ha tenido que disculpar ante la Casa Blanca por el embrollo y aclarar que Mullaly contó la historia como una broma. Según el portavoz de Ford Tom Hoyt, Mullaly "simplemente quería gastar una broma, y exageró la cosa". El presidente "no estuvo en peligro en absoluto", agregó.

A vueltas con la Guerra Fría

El número de guerras en el mundo este año suma lo mismo que el pasado: veintiuna. A pesar de este aparente estancamiento, la tendencia va a la baja, según la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). No obstante, el gasto militar de los países ricos, sobre todo el de Estados Unidos, sube como la espuma de cerveza y se están alcanzando cotas que no se daban desde los años de la Guerra Fría.

¿La causa? Seguro que ya lo habrán adivinado. El terrorismo global, tal y como lo llaman los jefes de Estado implicados. "Esa definición del nuevo terrorismo, esas palabras que acompañan a la de terrorismo: global, internacional, etc. Le confieren un carácter etéreo, invisible. Peligroso, al fin y al cabo. Es la excusa perfecta para que ciertos países se armen sin límite alguno hasta los dientes para combatirlo", me cuenta uno de los profesores de la UAB especializado en conflictos internacionales y procesos de paz.

Otro de los motivos por el que ha aumentado la inversión castrense es la privatización de todo lo militar. Las empresas de logística, por ejemplo. Este factor es más notorio en aquellas situaciones como la de Irak, donde el ejército invasor, a menudo, el ejército del país rico, deja a un lado sus soldados entrenados entre algodones y echa mano de mercenarios surafricanos, israelíes o albanokosovares. Gente curtida en guerras y batallas de verdad, sin GPS y sin el Séptimo de Caballería siempre detrás por si la cosa se pone fea. Y claro, un soldado gringo puede costarte tres mil o cuatro mil dólares al mes; pero el precio de un mercenario ronda los quince mil mensuales. En fin, hasta en la guerra se externalizan funciones.

A todo esto, según Médicos Sin Fronteras, el presupuesto de Naciones Unidas para atender crisis humanitarias como la de Darfur, en Sudán, o la de Somalia, donde la semana pasada murieron más personas que en Irak en todo un mes y la prensa internacional no le concedió ni un maldito titular de página impar, ha bajado vergonzosamente. Ustedes mismos.

martes, 3 de abril de 2007

Viajeros superexperimentados

Hay un par de agencias de viajes a las que soy asiduo, no tanto como yo quisiera (y menos ahora con las compañías de bajo coste floreciendo como setas); pero a las que siempre acudo cuando planeo un viaje a otro continente. El viernes estuve en una de ellas. La que se encuentra ubicada en la Plaza Universidad de mi ciudad. Viatgi, se llama. Muy recomendable. Muy baratos, los billetes.

Allí me encontraba, como les decía. Apoyado en el mostrador a la espera de que el tipo amable y eficiente que me atendió encontrara el precio más bajo a un billete ajustado a las fechas que le señalé. Tardaba. Normal: el maldito mes de agosto. No había mucha gente en la agencia, con lo que fue inevitable escuchar la conversación. "Claro, tía, es como si tú vas a Marruecos y te obligan a despojarte de un crucifijo, ¿sabes?".

Eran dos chicas. Una de ellas estaba de espaldas a mí, la más callada; pero veía como asentía a las frases de la otra, que por el calado de éstas debía ser, nada menos, que doctora en sociología. "Es super injusto, ¡jo!", continuaba. Vestía un pantalón de pana verde y ancho, que resaltaba aún más su extrema delgadez, un suéter de punto multicolor y un pañuelo largo y granate al cuello. Además, portaba una mochila de cuero, unas gafas de metal de lentes pequeñas y redondas y lucía un pelo corto, despeinado y grasiento. Rojizo, de tinte barato. Hablaba con ese aire resabido de los intelectuales bohemios. De esa pandilla de gilipollas que tan bien supo retratar Cortázar a través de Oliveira. En Rayuela, ya saben. O no.

Mi prima continuaba su disertación sobre el diálogo de civilizaciones cuando el chico que les ultimaba sendos billetes la interrumpió. No escuché lo que el discreto joven les requería. Pero contestó, como no, la chica de Rayuela. Me enteré de que viajaban a Quito (Ecuador), que si todo iba como "ella había planeado" se darían un "vueltón" por las Galápagos, que si la situación en la frontera lo permitía, les gustaría cruzar a Colombia y que "no había que preocuparse por las vacunas porque estaba segurísima de que hay una especie de acuerdo con el sistema de salud ecuatoriano". Como sabe todo el mundo.

Guau, me dije. Es una de ellos. Esa bendita estirpe de los viajeros experimentados. Aquellos que se manejan en los aeropuertos como en la salita de estar de su casa. Esos tipos que encajan tanto leyendo a Dante en un café del Trastevere, como remando en los manglares de Utría. Esa clase de individuos que vayan donde vayan saben siempre cuál es el mejor plato del lugar, cómo comerlo y con qué aderezarlo. Y lo hacen con la naturalidad y el savoir faire de quien lo ha hecho toda la vida. Esas personas que no se alteran un ápice cuando los retiene, por cualquier estupidez, un policía mal encarado, porque eso, a ellos, "les ha sucedido cientos de veces, querido". Aquellos que conocen (y comparten) las costumbres de un país al segundo día de haber llegado a él y que a la semana miran a los demás mochileros con la misma cara que nosotros miramos (lo reconozco) a esa pandilla de borregos rojizos que invaden en verano la costa catalana. Riete tú de Leguineche o de De la Quadra Salcedo, me dije. Esta tía sabe bien de lo que habla. Aquí hay nivel, Maribel.

Pagaron el billete y se despidieron. "Que la vuelta al trabajo no les resulte demasiado dura", les dijo el tipo de la agencia en un tono más mecánico que conciliador. "No, no te preocupes (siempre hablan de tú, siempre)", dijo. "Si estamos en paro, por eso nos vamos de vacaciones". Podría seguir dándole a la tecla; pero, ya ven, aún me estoy recuperando del comentario y éste daría para otra columna. O para dos.

domingo, 1 de abril de 2007

Relojes, automóviles y el genio Cortázar

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

El texto es del excelente y breve libro Historias de Cronopios y Famas, de Julio Cortázar. Me apuntan que la voz que recita estas líneas en el anuncio es la del propio excritor.