martes, 27 de febrero de 2007

Lo


"Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo-li-ta."


Vladimir Nabokov, Lolita

jueves, 22 de febrero de 2007

miércoles, 21 de febrero de 2007

El cantante y el misionero

Reportaje de los de ahora en uno de los dominicales a los que soy asiduo: Bisbal y su novia, juntos en Sierra Leona -ahí queda eso- para conocer el excelente trabajo de reinserción, educación y alfabetización que realiza en Madina (al norte del país, justo en la frontera con Guinea Conakry) el misionero javeriano Chema Caballero, 45 tacos, 15 en el terreno, extremeño, amable, inteligente y con un peculiar estilo en la vestimenta: pantalones repletos de colorines, camisetas y llamativas pulseras y vistosos collares por doquier.

El sabor es agridulce. Por un lado, reencuentro en las fotografías caras de viejos conocidos. Abu y Gbessie dos ex niños soldado que nos guiaron -al redactor y a mí- en las tres semanas que estuvimos trabajando en el país. Poco tiempo, casi nada, para lo que da de sí ese lugar. Dos chavales que fueron nuestros ojos y nuestra sombra. Recuerdo una noche a altas horas de la madrugada en un antro infame de Freetown, Paddy's -un enorme bar a pie de playa en el que se dan cita traficantes de marihuana, prostitutas (casi todas menores) y fauna varia: periodistas, voluntarios, etc.- , mamado de cerveza Star hasta las cejas junto al responsable de Cruz Roja en la ciudad. Miré hacia un lado y encontre a unos veinte metros de mí, agazapado entre la muchedumbre a Abu mirándome. Ojos abiertos como platos. Alerta. Vigilando, vigilándome, para que llegara esa noche sano y salvo a casa.


Por otro lado, veo a Bisbal, vestido de maniquí de Zara, e imagino a su novia, Elena Tablada, que no sale en las fotos; pero sí en el texto. "Esto me ha cambiado la vida. Conocía América Latina; pero esto... esto es otra cosa", dice la pájara. O algo por el estilo.

El texto no es del todo malo; pero, claro, con las impresiones de Bisbal y su prójima de por medio hay cosas que a la periodista se le quedan en el tintero. Me falta, pues, el terrible problema de las niñas que fueron secuestradas por el RUF. Se desconoce cuántas, ya que callaron avergonzadas tras el fin del conflicto. Avergonzadas por haber sido violadas y por tener un hijo de esa violación. Tan avergonzadas que prefirieron callar para no ser llevadas otra vez con sus familias por gente como los javerianos. Mujeres jóvenes, solas y perdidas en un país cada vez más islámico y siempre machista.

Me falta el terrible problema de la prostitución de menores en Freetown. En patéticos burdeles como Paddy's o Atlantic, donde todas dicen tener 21 y casi ninguna supera los 18. Crías amables y alegres, a pesar de su desesperación. Crías, al fin y al cabo. Un problema que no hace más que acrecentar el de un sida galopante.

Me falta la corrupción gubernamenteal que, entre otras cosas, tras pingüe soborno, deviene en vista gorda para que empresas del primer mundo sigan sacando diamantes declarando sólo la mitad.

Me falta la certeza de ese pueblo de que las causas que realmente les hicieron coger un AK-47 a sus gentes -la pobreza, la miseria y la corrupción- siguen latentes en Sierra Leona. Que sólo hace falta un cacique como Foday Sankoh que agite a las masas más vulnerables para meter al penúltimo país más pobre del mundo en otra guerra absurda.

Me falta el brutal crecimiento de un radicalizado islam y la construcción de escuelas coránicas que dejan a un lado la ciencia y la literatura en pro de un extremismo aterrador.

Me falta el trabajo de Chema para evitar eso, como se saca escuelas de la manga para alfabetizar a los muchachos sin pedirles en ningún momento que acudan a su iglesia. Recuerdo como nos contó que financió una mezquita sólo para que los musulmanes de Tonko Limba se dieran cuenta de que su escuela no era tan mala.

Me faltan las excelentes notas académicas de Justice, secuestrado por el RUF, y de sus ganas de viajar a Londres para estudiar Medicina.

Me faltan los ojos de Gbessie, 19 años, cuando coge en brazos a su preciosa hija.

Me falta el trabajo como mecánico de Abu, antes General Abu, y como, con sólo 19 años, se compró un taxi a plazos y pudo emplear a uno de sus amigos. Un muchacho que nos hizo de chófer las tres breves semanas que allí pasamos.

Me faltan también las heroicas hermanas clarisas de Lunsar, que tras ser secuestradas y obligadas a caminar por la selva durante horas en la noche, con el acero del Kalashnikov golpeándoles la espalada a cada paso, siguen peleando cada día en esa tierra dura y ardua que es África.

Me falta todo eso y mil cosas más. Pero sobre todo me sobran fragmentos de texto. Declaraciones. Estupideces. Sandeces. Ñoñerías. "¿Sabes que mi profesora de diseño en Miami no sabía qué era eso de los niños soldado?", dice la Tablada. "¿Pero de dónde lo sacas?, me decía. ¡Si es una película!"

Un película, dice... hay que joderse.

martes, 20 de febrero de 2007

miércoles, 14 de febrero de 2007

Posible respuesta a un guardia urbano

¡Qué pasa?, ¿que en la Academia de Superhéroes no te enseñaron modales?

Movilidad en Barcelona ciudad

Desde que tengo moto, he creado un odio visceral hacia el colectivo de los taxistas y la Guardia Urbana.

Gracias, maestro

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar, Rayuela

jueves, 8 de febrero de 2007

Babel

Dicen de Alejandro González Iñárritu que siempre filma la misma película, que cuenta las mismas historias y del mismo modo. Eso es tan cierto como que De Niro interpreta siempre a De Niro, De Palma emplea siempre los mismos códigos y que John Le Carré escribió siempre la misma novela de espías. Sin embargo, a mí, ese tipo con aspecto de haberse educado en los mejores internados de la vieja Europa me sigue perturbando.

Me refiero al fragmento de Babel en el que Cate Blanchett recibe un balazo mientras está recostada sobre una de las ventanas del autobús, repleto de turistas infames, en el que atraviesa el Atlas marroquí. Antes, había acariciado la mano de su esposo, interpretado por Brad Pitt, tras cruzarse con un grupo de mujeres con el rostro oculto por un litham negro, vestidas de ese mismo color hasta los tobillos y descalzas. Acariciaba la mano reconfortada. Sabiéndose poseedora de una vida cómoda y desahogada. Feliz, o casi. Y de pronto, zas, la bala, el vidrio roto y sangre. Mucha sangre.

El desconcierto se apodera del pasaje, la mayoría gringos con cámaras digitales al cuello y vestidos como experimentados exploradores. Tripones y absurdos en medio del desierto. Gritos, jadeos histéricos, confusión. Un caos. Mientras, el vehículo se adentra en la aldea de uno de los guías. Un lugar donde las casas están hechas de barro, los hombres montan en asno y las mujeres cargan agua en cubos sobre la cabeza.

El rostro de Pitt basculaba entre el pánico y la incredulidad. "¿Pero cómo puede estar pasándome esto a mí?" parecía decirse. Entretanto, el resto de turistas pálidos y de carnes flojas miraban perplejos y aterrados al otro lado de las ventanas. Afuera del autobús. Afuera de la burbuja de cristal en la que siempre vivieron. Miraban con nerviosismo atento una sucesión de críos arapientos, caras ajadas, perros flacos y viejos en sandalias con pies callosos. El maldito mundo real. "¿Por qué me está pasando esto?", continuaba denotando la expresión de Pitt.

El primer mundo vive refugiado en la sociedad que ha creado para sí. En préstamos bancarios, hogares confortables, trabajos de ocho horas por lo general y con una salud a menudo férrea o con fármacos al alcance del bolsillo, si no es así. Se desconoce, por puro pavor, a veces; falta de interés, otras, y, a menudo, una combinación de ambas, que la mayoría de la población de este planeta vive entre la pobreza y la penuria. Que la mayor parte de los humanos malvive sin seguridad social, que aún hay personas que mueren de vulgares gripes, que hay muchachos en Palestina que sólo conocen su tierra en guerra, que madres parturientas mueren a puñados en África y que el sida hace estragos en ese continente y empieza a alcanzar cotas elevadísimas y preocupantes en Europa del Este. Aquí al lado.

Ese mismo mundo que aún hoy rie las gracias a perfectos hijos de perra como Chaves o Castro también desconoce que los refugiados no son sólo los de nuestra guerra civil. Que hay poblaciones de indígenas que cruzan a pie la frontera entre Colombia y Panamá perseguidos por guerrillas y paramilitares, que la vida de los que huyeron de Sudán a Chad aún sigue en peligro porque las milicias janjaweed cruzan también esa frontera para cometer terribles masacres, que el sudeste asiático está repleto de burdeles con menores trabajando dentro, que el sector textil chino hacina a trabajadores en las fábricas durante 15 o 16 horas diarias, sin seguro médico y con míseros sueldos que apenas son suficientes para un par de comidas al día.

El primer mundo desconoce que la vida, además de apasionante y maravillosa, también puede ser una hija de la gran puta. Por ello, a esa gente se le queda cara de estúpida cuando le diagnostican un cáncer, el sida, cuando un desgraciado le arranca la vida al volante de un automóvil o cuando un grupo de majaderos integristas le revienta las Gemelas en sus propias narices. Pero que diablos, eso siempre le sucede a otro, ¿verdad?.

lunes, 5 de febrero de 2007

¡Venceremos!




(www.liladowns.com)

La punta de oeste carga
Gente de cualquier nación
De China hasta Puerto Rico
Cargamos el mismo patrón

Pisando la tierra firme
Se suelta la bestia al cañón
Que emana ese fuego eterno
Que busca revolución

Somos una sangre,
Una sangre somos
Polvo de la tierra
Sentada a la mesa
De nuestra ilusión

Somos una sangre,
Sólamente sangre
Con el alma en la boca
Y la sangre caliente
En el corazón

El hijo duerme tranquilo
Su sueño cuidado está

Su madre le dio este mundo
Porque ella no pudo volar

Bailamos todos al ritmo
Al ritmo de humanidad
Que sangre del polvo al polvo
De tierra se vuelve mar

Fragmento tomado de "Ensayos y Crónicas" de Jose Martí.
Edición de José Olivio Jiménez , Madrid.
Inspirada por los versos de Don Arcadio Hidalgo y la cumbia Nordina de Chile.

miércoles, 24 de enero de 2007

Pongamos que hablo...

La GranVía. El anuncio de Schweppes de la Gran Vía. Tronco. Ese cartel enorme y a trazos del estreno. Mi amigo Popen de Chamberí. Cañas. Vengo, vengo, vengo de Lavapiés. Zapatillas o zapas. El siglo XVII en la Plaza Mayor. La pringue de un bocata de calamares a dos euros. Las lumis de Montería. Quevedo. Pies en el suelo. Concha Espina. La gachí. El Café Gijón. Abrigos largos. La placa a un cerillero anarquista. ¡Un actor! Velázquez. Nuevos ministerios. La chica guapa que te sonrie cuando descubre que la miras. Tirso de Molina. Sopa china junto a Chueca. Charla en la barra de un bar desconocido. Alatriste. Tapita por la cara. Sabina. Boinas. Buena gente. Historia.

jueves, 18 de enero de 2007

Viejos

Las encontré anoché, entre los canales infames de la televisión de este país, vestidas de corto, orgullosas, con la equipación del equipo de fútbol sala en el que juegan. Ellas dos, unos sesenta y cinco, y el presentador, un gracioso profesional, sentados frente a frente en un plató de cartón piedra y con un centenar de personas como público.

Confieso que no les presté demasiada atención. La gilipollez en esos programas es ya endémica. No obstante, descifré que se trataba de un grupo de ancianas residentes de un pequeño pueblo, no pregunten cual. Que las entrenaba un joven -entró en escena más tarde- que "quita el sentío", exclamó una de ellas. Deducí en ese momento que el pueblo era andaluz.

Durante la entrevista, el realizador pasaba imágenes del entrenamiento. El joven, también un profesional; pero esta vez de tácticas futboleras, más que futbolísticas, aparecía en ellas realizando un gran esfuerzo para que las ancianas lograrán dar pie con bola. Misión imposible. Niet. No obstante, habían jugado dos partidos y los dos ganados. "Dos de dos, vaya, ustedes pueden ganar al Real Madrid" (Risas).

Pero eso no es todo. El conductor del espectáculo despedía ya el programa cuando la más jocosa, metiéndose en cuadro, dijo: "lo que pasa es que a mi lo que me gusta es cantar por Lola Flores". Ahí es na'. "Bueno, aquí tenemos orquesta", dijo el presentador. Lo demás lo pueden imaginar. Me quedé allí, frente al televisor. Quietísimo. Con la boca abierta y el tenedor con un pedazo de pescado pinchado justo en frente. Con cara de gilipollas.

La palabra viejo me gusta. Hoy es imposible llamar a un anciano viejo. (Y a un negro negro y a un chino chino y no oriental, ¿Que tendrá que ver un Pakistaní con un fulano de Pekín?, exceptuando la "k", claro.) Relaciono viejo con antiguo, con historia, con vida, recuerdos y sabiduría. A mi lo viejo, me impone respeto, que quieren que les diga.

Me patea el hígado esa estúpida actitud que muchos viejos tienen aquí. La de que hay que hacer el gilipollas porque aún nos sentimos jóvenes. ¿Y que hay de malo en saberse y sentirse viejo? Puede uno saberse y sentirse mayor y albergar tantas ganas de seguir descubriendo y aprendiendo como un muchacho de veinte. Cuando recurro a mis mayores, en busca de consejo o de un chorro de luz en algún percance, lo que quiero encontrarme es eso: a mis mayores, a mis abuelos, a mis padres. No a un payaso vestido del Betis.

jueves, 11 de enero de 2007

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Cayucos

Aníbal Carrillo es el director de Salvamento Marítimo en Las Palmas.

¿Qué es lo peor de un rescate?
Que los que vienen en el cayuco no saben nada de la mar. Te acercas con la lancha, te abarloas a la barcaza y esperas que no se mueva nadie para que el cayuco permanezca quieto y no vuelque. Quieres que el desembarco sea tranquilo.

Pero no siempre es así.
Nunca es así. Están nerviosos y desesperados por salir de la patera. El mar es duro. Se levantan, se mueven y muchos caen al agua. Es lo más peligroso, pues llevan horas en la misma posición y están agarrotados, con lo que cuando caen al mar no pueden moverse y se hunden irremediablemnte si no actúas con celeridad. La mayoría no sabe nadar.

¿Y una vez abordo?
Casi todos llegan siempre con hipotermia. Se les tapa con mantas y se les ofrece agua, mucha agua, y galletas nutritivas. No es mucho tiempo el que transcurre hasta llegar a la costa, que es donde reciben los primeros auxilios. No obstante, si algún caso es grave se llama de inmediato al helicóptero de Salvamento Marítimo para el traslado a un hospital.

Un auténtico drama.
Lo más duro es cuando ves que viajan con algún recién nacido o cuando te orillas a la barca y ves que ha fallecido algún pasajero. Hace tres años, con la oleada de inmigrantes procedentes de Marruecos, detectamos una patera. La alcanzamos. La mitad había muerto de frío. A bordo estaban los catorce cadáveres empapados. Se habían desorientado. Dos días perdidos en el mar para una travesía que se realiza en quince horas. Era la víspera de Nochebuena.

Ivan M. García

Blindaje

Uno de los Objetivos del Milenio para 2015 que promueve la Organización de Naciones Unidas (ONU) es el de investigar en nuevos fármacos para combatir el sida. El 60% de los afectados por esta enfermedad son africanos, concretamente de África subsahariana. A pesar de que esta parte del contiennte represente tan sólo el 10% de la población mundial. Ahora bien, ¿alguien puede explicarme cómo se logra eso cuando la Organización Mundial de Comercio (OMC) acaba de dotar de nuevas "herramientas" a las farmacéuticas para que blinden las patentes de los medicamentos de segunda generación para paliar sida?

Las ONG han logrado, a partir de los fármacos genéricos (fabricados en su mayoría en Brasil e India), reducir el coste de los tratamientos antirretrovirales en África hasta el punto de que es posible pagarlo a quien lo necesite. De 10.000 euros por persona y año en 2000, a 130 euros, actualmente. El caso es que el virus, al cabo del tiempo, crea defensas ante estos fármacos y son necesarias nuevas fórmulas y nuevos medicamentos para seguir frenándolo. Pues bien, son las patentes de estos nuevos medicamentos las que se han blindado. No hay genéricos. En África, el que no haya genéricos, significa que tampoco hay tratamiento. Un bonito cuento de Navidad.

martes, 5 de diciembre de 2006

Malinche


por Lila Downs, Paul Cohen y Yunior Terry Cobrera


A un español, Hernán Cortés, que llamaban los aztecas Malinche, tradujo una joven esclava, las flores de su lengua, Malintzin, mujer indígena, fiel creyente de la virgen, traductora del encuentro que transforma México, lengua del nuevo tiempo.


Por el camino va Malinche,

paso de polvo y canela

mira que voy buscando

por el camino a mi corazón


Vengo con mi promesa

buscando ceiba y el caracol

mira que juega ese malacate

mira que come ese camarón


De la costa viene caminando

con paso libre tono de mar

la morena una rede carga

medalla de oro y de coral


Por el camino va Malinche

paso de amor y de penas

busco en los días buenos

con la Marina bailar chilena


Yo te quiero a ti, morena

niña Marina del corazón

mira que baila toro el petate

mira que busca un toro rabón

jueves, 30 de noviembre de 2006

Puños de acero

Hay fulanos que por su porte o sus maneras me gustan sin remedio. Benito Eufemia es uno de ellos. Le descubrí hace poco en la contraportada de La Vanguradia. Ojos claros, nariz larga y ancha. Una cara de ser poco amigo de la guasa. Boxeador, treinta y siete años y nueve en el talego. A la sombra en La Modelo, Barcelona, donde entró a los veinticuatro.

Benito Eufemia -no me digan que no tiene nombre de personaje de novela- cuenta que el boxeo es su vida, que por eso, a su edad, sigue encajando directos como buen fajador y lanzando el croché de izquierda como un látigo. Rápido y seco. Zas. Su mejor golpe, dice.

La mala fortuna le cambió las cuerdas del cuadrilátero por los barrotes de la trena. Cuenta el púgil que allí siguió entrenando, a pesar de todo. En la cárcel está prohibido. Así que se refugiaba en el cuarto de las escobas para hacer sombra, bailar y golpear al aire. También le pegada a un petate que él mismo rellenaba con zapatos y ropa vieja, y escogía los trabajos más duros. Así ejercitaba su físico, por un lado, y se ganaba a los carceleros, por otro. Con dos cojones.

"Me hacía las pesas con palos de escoba y botellas de lejía llenas de agua. Y también retorcía una sábana mojada para hacerme una comba con la que saltar". Pero eso podía salirle caro, es protocolo de fuga. Al final, consiguió boxear. Iba a las veladas con un ejército de escoltas y hasta que no estaba a pie de ring no le quitaban las esposas. Ya saben, de noche no duermo, de día no vivo, me estoy volviendo loco, maldito presidio.

El hermano de Eufemia se dedicaba al cobro de morosos. Un par de ellos regentaban un burdel poco recomendable. Una noche el hermano y un amigo fueron a cobrar uno de los pagos pendientes. Eufemia se unió a ellos. "Me sentía valiente", apunta. El púgil amenazó al cajero de la puerta para que esa noche saliera "a tirar la basura". Luego entraron los otros. El amigo con un casco que le tapaba el rosto. La cosa se complicó y se lió la pajarraca. Pelea, sillas rotas y tiros. Afortudamente, sin muertos. El portero juró que, por los andares, el del casco era Benito y Benito cayó preso. Pero es un tipo de ley, con amigos y con reglas. Así que jamás dio el chivatazo de quien era realmente el tipo del casco.

Luego la carcel. Reyertas, punzones, recoger la sangre coagulada del suelo de una celda tras una trifulca, etcétera. La carcel, al fin y al cabo. De ahí se trajo un tajo en el costado. Un preso estaba dejando a uno de los guripas, aún joven y tierno, como un colador a base de pichazos. Benito, que en el fondo es buena gente, tuvo que romperle todos los dedos de una mano antes de que lo soltara. Sin embargo, le rajaron el abdomen. "Me agujereó el polo Nike que mi madre acababa de regalarme, ¡qué rabia me dió!; pegué a ese tío hasta que me separaron de él".

No me jodan, Benito -Benet, como le llama su entrenador-, aquella noche, no fue quien entró en el burdel.

Perdonen, ustedes, mi insistencia


Corsarios de Levante es la nueva entrega de Alatriste. El próximo cuatro de diciembre ya estará a la venta. Ahí va un fragmento:


"Durante casi dos años serví con el capitán Alatriste en las galeras de Nápoles. Por eso hablaré ahora de escaramuzas, corsarios, abordajes, matanzas y saqueos. Así conocerán vuestras mercedes el modo en que el nombre de mi patria era respetado, temido y odiado también en los mares de Levante. Contaré que el diablo no tiene color, ni nación, ni bandera; y cómo, para crear el infierno en el mar o en la tierra, no eran menester más que un español y el filo de una espada. En eso, como en casi todo, mejor nos habría ido haciendo lo que otros, más atentos a la prosperidad que a la reputación, abriéndonos al mundo que habíamos descubierto y ensanchado, en vez de enrocarnos en las sotanas de los confesores reales, los privilegios de sangre, la poca afición al trabajo, la cruz y la espada, mientras se nos pudrían la inteligencia, la patria y el alma. Pero nadie nos permitió elegir. Al menos, para pasmo de la Historia, supimos cobrárselo caro al mundo, acuchillándolo hasta que no quedamos uno en pie. Dirán vuestras mercedes que ése es magro consuelo, y tienen razón. Pero nos limitábamos a hacer nuestro oficio sin entender de gobiernos, filosofías ni teologías. Pardiez. Éramos soldados."


(Arturo Pérez-Reverte)

lunes, 27 de noviembre de 2006

La fiel infantería


por Arturo Pérez-Reverte


Aún no se había inventado la fotografía; pero aquel tipo, Velázquez, recogió el momento. Estábamos allí, engalanados como para el Corpus, y a lo lejos Breda estaba en llamas. La verdad es que nos habíamos ganado a pulso el asunto, después de ocho meses dale que te pego, tragando miseria en los parapetos; cavando trincheras, zapa va y zapa viene, con los holandeses haciendo salidas y acuchillándonos en cuanto cerrábamos un ojo. Pero allá ondeaba, en el campanario, el lienzo blanco, grande como una sábana. Al final les habíamos roto el espinazo.


Nos alinearon en el centro, capitanes delante, guardia de piqueros y mosquetes a la derecha, más o menos en orden, aupándonos sobre la punta de los pies para verle la jeta a los holandeses. El capitán Urbieta nos puso en las filas delanteras a los que teníamos la ropa menos harapienta, empeñado como estaba en que impresionásemos al enemigo con nuestra marcial apariencia. La revista de la mañana había sido un calvario: diez azotes por cada falta de aseo y descuido en la vestimenta. Como dijo Antonio Muñoz, mi paisano, para qué puñetas queremos impresionarlos más, capitán, después de que los hemos fastidiado así de bien, que hasta se rinden, los herejes. Si eso no es impresionar a esos hideputas, que baje Cristo y lo vea. Y Urbieta, la mano en el pomo de la espada, mordiéndose el bigote para mantenerse serio, recetando cinco latigazos y medio rancho para el pobre Antonio, por bocazas y por meter al hijo de Dios en estos lances.


El caso es que allí estábamos, en aquel cerro que se llamaba Vangaast o Vandaart o algo por el estilo, con una treintena de picas y otros tantos mosquetes como guardia de honor, con las banderas de los tercios y toda la parafernalia. El resto de las compañías en línea ladera abajo, la cruz de San Andrés desplegada sobre los morriones de nuestros piqueros, lanzas y más lanzas, y mosquetes, que era un gusto mirarlos hasta el llano donde estaba la artillería apuntando al valle y la ciudad. Y al fondo, difuminada y azul entre el humo de los incendios, con manchas de sol que iban y venían entre las motas grises de las fortificaciones y los edificios, Breda a nuestros pies.

Sitúense ante el cuadro y miren a los holandeses, a la izquierda del lienzo. Observen sus caras. Habían subido la cuesta despacio, tomándose su tiempo, como si los que iban a rendirse fuéramos nosotros. Y Justino de Nassau endomingado como para una boda, bajándose del caballo con cara de asistir a su propio funeral, mirando alrededor como un sonámbulo, intentando digerir la humillación mientras procuraba mantener el porte digno. Al pobre diablo le temblaba la mano que sostenía la llave de la ciudad. Algunos de sus oficiales eran muy jóvenes, demasiado para emplearlos en negocio como la guerra, crecidos en campos fértiles, con llanuras y ríos y graneros bien abastecidos, comiendo caliente desde renacuajos. Burgueses cebados y con mucho que perder.


Había uno de sus cachorros, rubio e imberbe, jovencito, con casaca blanca y manos de damisela que, aunque destocado por el protocolo, miraba con desprecio nuestras botas con remiendos, las barbas mal rapadas, nuestras caras de lobos flacos, peligrosos y arrogantes. Y hasta tal punto galleaba el mozo que mi capitán Urbieta, que tenía el genio vivo, empezó a retorcerse el mostacho y a acariciar el pomo de la espada, sugiriendo una sesión privada de esgrima. Un compañero del holandés captó el gesto y, poniendo la mano en el hombro del joven oficial, lo reconvino en voz baja hasta que éste bajó los ojos humillado y furioso, a punto de romper en lágrimas. Demasiado tierno, como casi todos ellos. Así les había ido la feria.

A la derecha estamos nosotros; mi lanza es la tercera por la izquierda. En torno sonaban redobles, cascos de cabalgaduras, capitanes dando órdenes como latigazos. Y allí, descabalgando, nuestro general, con media armadura negra rematada en oro, cuello de encaje y banda carmesí, el apunte de una sonrisa en los labios, Ambrosio Spínola, el viejo zorro. Con aire de circunstancias, pero disfrutando por dentro el espectáculo. Al fin y al cabo, aquélla era su fiesta.

Lo que son las cosas de la vida. Cuando la gente se para ante el cuadro, en el museo, son Spínola y el holandés, el jovencito imberbe y la plana mayor de nuestro general, quienes acaparan todas las miradas. Nosotros sólo somos el decorado, el telón de fondo de una escena en la que hasta el caballo de don Ambrosio, sus cuartos traseros, parece tener más importancia. Y sin embargo, allí en Breda como antes en Sagunto, Las Navas, Otumba o Pavía, o después en los Arapiles, Baler, Annual o Belchite, quienes en realidad hacíamos el trabajo duro éramos nosotros. Los nombres dan igual, porque durante siglos fuimos siempre los mismos: Antonio de Úbeda, Luis de Oñate, Álvaro de Valencia, Miguel de Jaca, Juan de Cartagena... Con la España que teníamos a la espalda, no había otra solución que huir hacia adelante. Por eso éramos, qué remedio, la mejor infantería del mundo. Secos y duros como la ingrata tierra que nos parió, hechos al hambre, al sufrimiento y la miseria. Crecidos sabiendo lo que cuesta un mendrugo de pan. Viendo al padre, y al abuelo, y a los hermanos mayores, dejarse las uñas en los terrones secos, regados con más sudor que agua. A la madre silenciosa y hosca, atizando el miserable fogón. Salidos de ocho siglos de acogotar moros o de acuchillarnos entre nosotros, crueles e inocentes a un tiempo, traídos y llevados a través del tiempo y de los libros de Historia so pretexto de tantas palabras huecas, de tantos mercachifles disfrazados de patriotas, de tantas banderas a cuánto la vara de paño de Tarrasa, de tantas fanfarrias compuestas por filarmónicos héroes de retaguardia. Fíjense en nosotros: siempre al fondo y muy atrás, perdidos, anónimos como siempre, como en todos los cuadros y todos los monumentos y todas las fotos de todas las guerras. Soldados sin rostro y sin nombre, carne de cañón, de bayoneta, de trinchera. La pobre, sudorosa y fiel infantería.


Después, en los primeros planos y sobre los pedestales de las estatuas siempre aparecen otros: los Spínola que nunca se manchan el jubón, y que aún tienen humor y elegancia para decirle al holandés no, don Justino, faltaría más, no se incline. Estamos entre caballeros. El resto queda para nosotros: cruzar un río helado entre la niebla, en camisa para confundirnos con la nieve, la espada entre los dientes minados por el escorbuto. Levantarse y correr ladera arriba con la metralla zumbando por todas partes, porque al capitán, aunque es una mala bestia, nos da vergüenza dejarlo ir solo. Quedarte sin municiones en la Puerta del Carmen de Zaragoza y empalmar la navaja tarareando una jotica para tragarte el miedo, mientras los gabachos se acercan para el último asalto. Hacerse a la mar porque más vale honra sin barcos, dicen, en buques de madera ante los acorazados de acero yanquis. Morir de fiebre en la manigua, degollado en Monte Arruit por la ineptitud de espadones con charreteras. O cruzar el Ebro con diecisiete años mientras la artillería te da candela, el fusil en alto y el agua por la cintura, con los compañeros yéndose río abajo mientras en la orilla los generales y los políticos posan para los fotógrafos de la prensa extranjera.


Échenle un vistazo tranquilo al lienzo, sin prisas, e intenten reconocernos. Somos la humilde parcheada piel sobre la que redobla toda esa ilustre vitola de los generales y los reyes que posan de perfil para las monedas, los cuadros y la Historia. Y cuántas veces, en los últimos doscientos o trescientos años, no habremos visto ante nosotros, mirando con fijeza hacia el modesto rincón que ocupamos en el lienzo, un rostro de campesino, de esos arrugados y curtidos por el sol como cuero viejo. Un rostro parado ante el cuadro con aire tímido y paleto, dándole vueltas a la boina o el sombrero entre las manos nudosas, encallecidas, de uñas rotas. Los ojos de un hombre indiferente a la escena central del cuadro, buscando aquí atrás, en la modesta parte derecha de la composición, al fondo, bajo las lanzas, entre nosotros, una silueta confusa, familiar. Tal vez la de aquel hijo al que una vez acompañó un trecho por el sendero que conducía al pueblo, llevándole el hato de ropa o la maleta de cartón, liándole el primer cigarro. El hijo al que, ya parado en el último recodo, vio alejarse con su pelo al rape, las alpargatas y el traje de domingo, llamado a servir al rey. Hacia una guerra lejana e incomprensible de la que no habría de volver jamás.
Fíjense en el cuadro de una maldita vez. Nosotros le dimos nombre y apenas se nos ve. Nos tapan, y no es casualidad, los generales, el caballo y la bandera.