Crónicas, historias, relatos y fotografías de un periodista con oficio pero con apenas beneficio.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Fotografías
He creado un fotoblog. Para quien le interese: ivanmgarcia1977.mifotoblog.com
Verán que el diseño no es lo mío, la página tampoco daba para muchas más opciones, por otra parte. En unos días subiré más fotografías...
Verán que el diseño no es lo mío, la página tampoco daba para muchas más opciones, por otra parte. En unos días subiré más fotografías...
viernes, 26 de octubre de 2007
lunes, 22 de octubre de 2007
Demagogia, populismo... imbecilidad
El presidente del PP y candidato de este partido a la Presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, ha restado hoy importancia al cambio climático aludiendo a un primo suyo, catedrático de Física de la Universidad de Sevilla. "Yo de este asunto sé poco, pero mi primo supongo que sabrá. Y entonces dijo: 'Oiga, he traído aquí a diez de los más importantes científicos del mundo y ninguno me ha garantizado el tiempo que iba a hacer mañana en Sevilla'. ¿Cómo alguien puede decir lo que va a pasar en el mundo dentro de 300 años?", se ha preguntado el líder de la oposición. Por ello, ha aseverado, no podemos convertir esta cuestión "en el gran problema mundial". (El País, lunes, 22 de octubre de 2007)
domingo, 21 de octubre de 2007
Se nos fue Cebrian

El sábado por la tarde murió el periodista Juan Luís Cebrian. Cuarenta y un años. De un infarto. Zas. De repente. No lo conocerán, no salía en la tele. Pero tenía uno de los mejores programas de radio de este país: La rosa de los vientos. El horario, de una a cuatro de la madrugada, tampoco ayudaba o, tal vez, sí. Su hora de programación -a principio, toda la semana, luego sólo sábado y domingo- era o es, no sé si seguirá emitiéndose, un excelente filtro de oyentes.
Cebrian llevaba diez años dirigiendo y presentando un programa donde convergían excelentes bandas sonoras, literatura e historia. A través de las ondas, uno podía verse peleando del lado de los Almogávares, pasando fatigas remando en galeras, formando parte de una expedición para descubrir los secretos de Tutankamon, besar a la bella Cleopatra (ese mismo programa desmontaría también el mito), navegando con Barba Azul o asistir al asedio de Europa con los Tercios Viejos de Flandes. Ese programa era pura historia. Ojalá pueda seguir siéndolo en este país estúpidamente olvidadizo.
jueves, 18 de octubre de 2007
sábado, 29 de septiembre de 2007
Haka
La Haka es la danza de guerra maorí. Los All Blacks, el duro equipo nacional de Nueva Zelanda, la baila ante su rival en cada partido para minar tanto su moral, como su concentración. En el vídeo, un encuentro entre la selección francesa y los neozelandeses.
martes, 25 de septiembre de 2007
martes, 11 de septiembre de 2007
Wild is the wind
Lola, su labrador de pelo negro, se rebozaba en la arena, a la orilla del mar. "¡Lola!", gritó. Pero la perra corría desobediente tras tres gaviotas. Sonrió, negó con la cabeza y volteó su rostro hacia el viejo faro. Entonces la vio.
Tenía el cabello castaño, corto y revuelto. Ojos grandes y color almendra, labios gruesos y una nariz diminuta y puntiaguda. "Tiene cara de ratón travieso", se dijo y esbozó de nuevo una sonrisa. Esta vez, debida a su ocurrencia.
La veía cada mañana cuando sacaba a Lola a pasear por la pequeña caleta que había junto a su estudio. Vestía ropa deportiva blanca que hacía que su piel morena lo pareciera aún más. Se fijó en que el cuello de su camiseta, ajustada y sin mangas, estaba húmedo. "Sale a correr. Corre cada mañana", pensó. Tenía aspecto de atleta. Piernas contorneadas y hombros y espalda bien formados.
Ella miraba al horizonte erguida, en la orilla, con las piernas arqueadas. Descalza, dejaba que el agua acariciara sus pies. A veces, cuando la ola volvía al mar, sujetaba pequeñas conchas con el pulgar de su pie derecho. Se agachaba, mojaba las manos y humedecía después su rostro con ellas. Con los ojos cerrados, giraba su cara al viento y sacudía levemente la cabeza hasta que su frente quedaba despejada de mechones de pelo.
Lola seguía sin atrapar a ninguna de las gaviotas. "¡Lola!", volvió a llamarla. No hizo caso. Miró hacia otro lado y sus ojos azules se cruzaron con los de la corredora, que en ese instante sonreía por la desobediencia de la perra.
La vio desnuda a su lado, dormida y con el torso descubierto, mientras el sol entraba como un ladrón por las hendiduras de la persiana. Se imaginó besándole el cuello, ella riendo de algo sin concretar, en un café cercano al puerto una tarde de otoño. Pensó en como sería doblar con ella de la mano todas las esquinas y recovecos infinitos del Trastevere o atravesar, entre risas y miradas cómplices, la jungla del mercado chino de las calles de Quiapo, junto a la iglesia del Cristo Negro.
Dibujó en su cabeza escenas cotidianas junto a ella. Comidas familiares, un plato de pasta recién cocinado sobre la mesa cuando volviera tarde y cansada de su trabajo, cualquiera que fuera. Hacer el amor al regreso de una cena en casa de una pareja amiga. Saboreando su piel, oliendo su cuello y humedeciendo cada pliegue de su cuerpo hasta que cayera desfallecida. Imaginó una boda, hijos. Y también una vejez eterna y confortable a su lado. Imaginó tanto en un sólo instante que llegó a ruborizarse por ello y debió dejar de mirarla. "¡Lola!", gritó por enésima vez.
La corredora había dejado ya de atrapar conchas marinas y se alejaba inexorablemente un día más. Lola había vuelto. Le acarició la cabeza. "Perra, mala", le dijo al oído y rió quedamente. "¿Por qué no me haces caso...? Me has dejado fatal delante de esa chica, ¿eh?. Eso no se hace, Lola. Entre nosotras, nos tenemos que echar un cable de vez en cuando, ¿no crees?". Le besó de nuevo la cabeza, enganchó la correa a su collarín y deshizo sus pasos por la arena hasta su hogar.
Tenía el cabello castaño, corto y revuelto. Ojos grandes y color almendra, labios gruesos y una nariz diminuta y puntiaguda. "Tiene cara de ratón travieso", se dijo y esbozó de nuevo una sonrisa. Esta vez, debida a su ocurrencia.
La veía cada mañana cuando sacaba a Lola a pasear por la pequeña caleta que había junto a su estudio. Vestía ropa deportiva blanca que hacía que su piel morena lo pareciera aún más. Se fijó en que el cuello de su camiseta, ajustada y sin mangas, estaba húmedo. "Sale a correr. Corre cada mañana", pensó. Tenía aspecto de atleta. Piernas contorneadas y hombros y espalda bien formados.
Ella miraba al horizonte erguida, en la orilla, con las piernas arqueadas. Descalza, dejaba que el agua acariciara sus pies. A veces, cuando la ola volvía al mar, sujetaba pequeñas conchas con el pulgar de su pie derecho. Se agachaba, mojaba las manos y humedecía después su rostro con ellas. Con los ojos cerrados, giraba su cara al viento y sacudía levemente la cabeza hasta que su frente quedaba despejada de mechones de pelo.
Lola seguía sin atrapar a ninguna de las gaviotas. "¡Lola!", volvió a llamarla. No hizo caso. Miró hacia otro lado y sus ojos azules se cruzaron con los de la corredora, que en ese instante sonreía por la desobediencia de la perra.
La vio desnuda a su lado, dormida y con el torso descubierto, mientras el sol entraba como un ladrón por las hendiduras de la persiana. Se imaginó besándole el cuello, ella riendo de algo sin concretar, en un café cercano al puerto una tarde de otoño. Pensó en como sería doblar con ella de la mano todas las esquinas y recovecos infinitos del Trastevere o atravesar, entre risas y miradas cómplices, la jungla del mercado chino de las calles de Quiapo, junto a la iglesia del Cristo Negro.
Dibujó en su cabeza escenas cotidianas junto a ella. Comidas familiares, un plato de pasta recién cocinado sobre la mesa cuando volviera tarde y cansada de su trabajo, cualquiera que fuera. Hacer el amor al regreso de una cena en casa de una pareja amiga. Saboreando su piel, oliendo su cuello y humedeciendo cada pliegue de su cuerpo hasta que cayera desfallecida. Imaginó una boda, hijos. Y también una vejez eterna y confortable a su lado. Imaginó tanto en un sólo instante que llegó a ruborizarse por ello y debió dejar de mirarla. "¡Lola!", gritó por enésima vez.
La corredora había dejado ya de atrapar conchas marinas y se alejaba inexorablemente un día más. Lola había vuelto. Le acarició la cabeza. "Perra, mala", le dijo al oído y rió quedamente. "¿Por qué no me haces caso...? Me has dejado fatal delante de esa chica, ¿eh?. Eso no se hace, Lola. Entre nosotras, nos tenemos que echar un cable de vez en cuando, ¿no crees?". Le besó de nuevo la cabeza, enganchó la correa a su collarín y deshizo sus pasos por la arena hasta su hogar.
lunes, 3 de septiembre de 2007
Gilda
martes, 21 de agosto de 2007
Perdido en el desierto
Mi sentido de la ubicación es nefasto, a pesar de que llevo ya cierto tiempo con la mochila al hombro. Esa falta de ubicación me pasó factura hace unos días. Les cuento, si quieren. El departamento de La Guajira es en su mayoría un amplio desierto que finaliza en el mar Caribe. Pues bien, me perdí en ese desierto anteayer.
Fue a la vuelta de la playa de El Pilón de Azúcar hacia nuestras hamacas. Diez minutos a pie por carretera y cincuenta cortando camino por el desierto de El Cabo de la Vela. Carlos, las chicas y yo volvíamos en 4X4; pero me despegué del grupo para fotografiar un cementerio wayuu medio abandonado y rodeado de cactus, arena y un cielo increíblemente cercano y azul.
No se si me desvié de la carretera antes o después de lo debido; pero, indudablemente, lo hice por donde no era. Anduve entre encinas, zarzales y cactus durante cerca de dos horas. Una de la tarde, sol perpendicular, un café solo como único líquido ingerido ese día y ni un rancho a kilómetros a la redonda. Mi cabeza empezaba a parecer la caldera de una vieja locomotora y mi boca estaba tan seca como la suela de mis botas. "Me perdí", me dije. Pensé en volver hacia la playa, pues una pequeña montaña situada al lado de ésta me serviría como referencia. De esa manera, podría descansar de nuevo en el cementerio, reubicarme y retomar el camino o, con suerte, montarme en uno de los coches que vinieran de la playa, si es que todavía quedaba alguno.
Busqué la montaña y vi que me había desviado muchísimo del camino. Me asusté. Me asusté mucho. "Me temo que en mi estado no la alcanzo", me dije. No obstante, me tapé la cabeza con la camiseta y encaminé mis pasos hacia el monte. Caminé maldiciendo y avergonzado. "Hay que joderse, Ivancho, que sea así, después de lo que llevas a cuestas, como termine todo este tinglado. Inconsciente y seco como la mojama en el desierto. Por despistado y por gilipollas".
Llegué al cementerio de nuevo. Descansé a la sombra de un techo de paja sobre cuatro troncos, junto a los restos de una hoguera, tras unas lápidas y rodeado de chivos que pastaban allí. Me sentí como Sean Penn en el final de U-turn, un perfecto imbécil. Al rato, con el aliento recuperado, volví a la carretera con la intención de no desviarme de ella y llegar a cualquier parte, a esas alturas daba igual, donde beber agua y coger un coche hasta mis cabañas. Pero la carretera parecía no tener fin y temí que me cogiera la noche en el camino. Así que volví al cementerio (hogar, dulce hogar) a esperar a que notaran mi ausencia en el estadero y que salieran a buscarme.
Empecé a tomar fotos de nuevo, sólo por no desesperarme del todo y fue cuando, a lo lejos, vi moverse algo. Era una persona, o así me lo parecía. Corrí hacia ella haciendo aspavientos y exagerando teatralmente mi fatiga. Como les decía, un auténtico memo. Llegué hasta ella. "Estoy perdido", dije antes de percatarme de que tenía ante mí un niño moreno, wayuu, mal vestido y con unos grandes ojos oscuros que me observaban extrañados y divertidos. Sostenía una botella grande de Coca-cola repleta de sal gruesa. El crío la estaba limpiando y recogiendo de una enorme salina cercana a la playa de la que les hablé antes.
"Estoy perdido", repetí. "Me estoy quedando donde la Nena Gómez. Allá, en El Cabo. ¿Sabes dónde te digo?". Asintió. Le pregunté si él vivía allí.
No- dijo. En otro pueblo.
Vaya. ¿Y podrías acompañarme?. Llevo horas dando vueltas sin dar con el camino- dije.
¿Ha almorzado algo?- me preguntó sin mirarme.
Nada- contesté extrañado. Y tampoco he bebido nada en toda la mañana. Bueno, sí -rectifiqué- un café a las seis y media.
Soltó una carcajada divertida y sonora. Guasón.
Estoy muy cansado. ¿Crees que podrías acompañarme?- inquirí de nuevo.
¿Ahora?- preguntó.
Si es ahora, me harías un gran favor, amigo- le espeté.
Pues entonces vamos- dijo solícito mientras cogía de nuevo su botella.
Caminamos en silencio. Le pregunté que si cada día iba a recoger sal. "Sí. Y también voy a la escuela", contestó. "¿De verdad estás sin almorzar?"preguntaba continuamente y negaba quedamente con la cabeza sin esperar respuesta alguna. Anduvimos y me llevó por caminos y claros que no recordaba. "No puedo ser tan estúpido de no acordarme de este lugar", pensé. Justo después, el crío se paró en seco y gritó "mira, una de tus huellas, de tu ida a la playa". En efecto, era la suela de mis botas.
Divisamos el estadero de la Nena Gómez. Le devolví la botella y un cubo de agua que me había ofrecido a llevarle y le pregunté su nombre. "Francisco", dijo. "Yo me llamo Ivan". Le estreché la mano y deslicé en ella un billete de 20.000 pesos. "Gracias, muchas gracias", le dije. "Y esto es para que invites a tu chica a una gaseosa". El rió de nuevo, agradeció el gesto y se fue caminando a pasos cortos y decididos.
Qué quieren que les diga. En ocasiones, me siento afortunado de resultar desubicado y de perdeme mil y una veces en lugares desconocidos.
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